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Beber de la Verdad de la Vida

El gusto por la Vida como el mejor Don del Espíritu
Beber de la Verdad de la Vida
 
Paladear la vida exige atención, cuidado, capacidad de admiración. Exige también ponerse cada vez en la perspectiva del otro/a porque es desde ella desde donde los detalles cobran su verdadero sentido. Paladear el detalle es algo muy próximo a la gran sabiduría de disfrutar de lo sencillo, de no perder la capacidad de maravillarse de lo cotidiano. Paladear la vida exige un sosiego, una actitud de aprecio y hasta una cierta imaginación para huir de la rutina que amenaza a lo sencillo de cada día.
 
Acompañarse
 
Que es la mejor manera de beber la vida cuando nos alcanza con su gozo o cuando nos hiere con su lanza. Quizá lo más que podamos hacer los unos/as por los/as otros/as en esta vida sea acompañarnos en la alegría del disfrute común y en la herida compartida. Acompañar es el mayor oficio del mismo Dios que ha hecho voto de acompañamiento con nuestra historia. De hecho, el Espíritu es el gran acom-pañante que no se fatiga jamás con nuestra pesadez y que siempre se alegra con nuestros gozos.
 
Acompañar es algo que está pidiendo el hacer de los in-tereses del otro/a los propios. Está pidiendo también un in-terés no solo por las cosas del otro/a sino por ese fondo su-yo que a veces es tan extraño, caprichoso y egoísta como el propio. Y sobre todo pide un cambio de mirada, esa que no se queda en la superficie sino que pregunta por el interior y espera pacientemente a que se abra la puerta del corazón para transitar por él con el cuidado y el tiento de quien ama.
Disfrutar
 
Tan poco que se nos ha aleccionado sobre el disfrute y tanto sobre las obligaciones, el Espíritu explica día adía la asignatura de que esta vida, por pobre que se la quiera, tiene como cometido el irnos enseñando los hondos disfrutes a los que está llamada. Porque Dios ha sembrado en el último pliegue del corazón de la vida la certeza de que el paraíso existe, aunque esté al final y requiera un trabajo tan largo como la propia vida para poder llamar a su puerta. Es como si Dios te dijera: “Aunque no lo entiendas bien, has sido creado/a para el disfrute pleno”. Solo desde el cultivo de esta certeza puede tener sentido la historia.
 
Para disfrutar es necesaria una estructura personal de fuerte componente fraterno. Una fraternidad tan universal que abarque a las personas, a los animales y a la mismas cosas a quienes en inmediatez se tenga realmente por herma-nos/as. Se requiere también llegar a un estado de enamora-miento del último valor de personas y cosas que no es otro que el de su dignidad. Es así mismo necesario la confianza mil veces manifestada de creer al otro/a capaz de cosas hermosas. Y desde ahí, el disfrute es un trasvase de vida, una sintonía que genera crecimiento en quienes se unen, una mirada unificada sobre la hermosura de la vida.
 
Ahondar
 
Que es lo mismo que contemplar, porque la contem-plación no es sino un creciente ahondamiento de lo que se nos da. Ahondar para huir de la superficialidad que esteriliza nuestras mejores opciones y distorsiona la propia realidad y la de quienes comparten nuestra vida. Ahondar es, en el fono, una búsqueda de Dios porque él habita en la profundidad y quien sabe de la profundidad sabe también de Dios, como dijo Tillich.
 
Para ahondar es preciso detenerse, porque cualquier prisa es enemiga primera del ahondamiento que pide cora-zones sosegados y actitudes lo más serenas posible. Ahondar exige discernir, porque la realidad es con frecuencia confusa y tener todo claro no es el mejor de los síntomas. Ahondar pide sopesar, pero no como quien busca ganancias sino co-mo quien quiere tratar a las personas y a las cosas con sumo cuidado. Quien ahonda se vuelve cada vez más benevolente, más cuidadoso/a, más colaborador/a y, en el fondo, más entregado/a. Incluso más, quien ahonda va aprendiendo a no huir del propio fondo, tan disgustante para nosotros/as a veces.
 
 
III. TAREAS DE VIDA
 
Precisamente porque todo esto no es simple anhelo, vacía palabra, es preciso animarse a ir haciendo unas tareas que lleven a hacer crecer el gusto por la vida. Es la colaboración a la obra continuada del Espíritu en nuestra vida, porque como dice Jn 16,27, nosotros/as somos los testigos, los brazos con los que él va construyendo su gigantesca obra.
 
Gustar la universalidad
 
Porque siempre estamos muy tentados/as de pensar que solamente se puede estar a gusto en la pequeñita parcela donde uno/a es dueño y señor/a; porque creemos que lo que no abarco con mis medios personales es algo que no existe; porque persiste en nosotros/as esa mentalidad aldeana en que creemos que el mundo se acaba en nuestros pequeños límites...por todo eso es preciso gustar la universalidad, la casa común, el espacio de lo público, el vértigo de la aventura colectiva. Gustar la universalidad como la primera y mejor familia a la que pertenezco, la gran familia humana. Gustar la universalidad para desvelar en las miradas de otros ojos y en los latidos de otro corazón, la propia sangre que corre. Gustar la universalidad para no sentir como ajeno el dolor de quien es de otra tierra. 
 
Gustar la innovación
 
Porque la rutina nos tienta siempre empobreciendo nuestros caminos; porque lo malo conocido nos atrae mu-cho más que lo bueno por conocer; porque no cambiar es postura lógica de quien es tardo para el compartir; porque refugiarse en el pasado es, con frecuencia, una forma de justificar nuestro presente...por todo eso es preciso, al filo del Espíritu, gustar la innovación. No como un afán superficial de cambiar por cambiar sino con la hondura de quien comprende que son no pocas las cosas que tienen que cambiar. Innovar para no dejarse atrapar por los sistemas anquilosados que, con frecuencia, conllevan una buena dosis de injus-ticia. Innovar para mirar al futuro con más confianza no por lo conseguido sino porque siempre es posible dar un paso más. Innovar para tender hacia la plenitud y situarse en la línea de Jesús y su Espíritu, innovadores del todo.
 
Gustar la pluralidad
 
Porque queremos hacer unidad haciendo obra de uniformidad; porque no sabemos despojarnos de la mirada desconfiante ante el distinto/a; porque tenemos poca facilidad para relativizar nuestros gustos y nuestras maneras unívocas de entender la vida; porque nos cuesta comprender la pluralidad de historias con las que está tejida la gran historia de lo humano...por todo eso, necesitamos ir aprendiendo a gustar la pluralidad, la hermosura de lo variado, las posibilidades que se acrecientan con las aportaciones de lo múltiple. Si hay algo plural es el Espíritu que escucha todos los sonidos y genera tantas respuestas y ayudas como grande es la diver-sidad de la realidad
 
Gustar la hermosura
 
Que quizá sea algo más que la belleza. A muchas per-sonas se les ha creado el acceso a la hermosura como si eso fuera solamente patrimonio de quien dispone de recursos para conectar con la belleza. Pero la hermosura que incluye a la belleza es patrimonio de lo humano. Es el lado mejor de la realidad personal y el destino más fraterno de las mismas cosas. La hermosura tiene muchos lenguajes y siempre hay uno de éstos para toda persona. En el fondo, saberse llamado al disfrute de lo hermoso de la vida va parejo a la conciencia del derecho a la felicidad de toda persona y del más concreto derecho a sentarse en el banquete de esta vida. El Espíritu suscita belleza y hermosura y dice incansable que estos bienes son patrimonio común de toda persona, no par-cela acotada de unos/as pocos/as.
 
Conclusión
 
Ser espiritual es algo que se ha confundido con un espiritualismo exiliado de lo humano. Es hora de devolver a la espiritualidad su corporalidad, su historicidad, de la que nunca habría debido separarse. Por eso:
 
Ser espiritual es estar en el lado donde bulle la vida, admirado/a y agradecido/a de haber sido llamado/a a esta fiesta inacabable por el Espíritu que anima el fondo de la vida.
Ser espiritual es estar abierto a la vida gustando las posibilidades crecientes que nos da por la generosidad inagotable del Espíritu. 
Ser espiritual es llegar a hacer un pacto de buena ve-cindad, e incluso de amor, con esta historia que el Padre nos ha dado como mejor don y que el Espíritu mantiene en creciente potencialidad.
Ser espiritual es sentirse parte del coro de la vida, contento/a con ser una pequeña melodía en esta gran sinfonía que es el caminar de la persona por la historia. El mismo Espíritu une su voz a ese coro, más como cantor solidario que como director que busque aplausos.
Ser espiritual es haber comprendido que la pasión por Dios es la misma pasión por lo humano vivida en profundidad y en trascendencia que ahonda. Por eso el Espíritu tiene a lo humano por saludable y amorosa “obsesión”.
 
Fidel Aizpurúa Donazar

Fidel Aizpurúa Donazar:

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