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En el mes de las ánimas

Publicado en la revista El Santo el día 13 de Noviembre de 1943
En el mes de las ánimas

Cierto día -copio de Beringer- se vio llegar a las costas de Bretaña, entre los soberbios acantilados contra los cuales rompe el Océano el furor de sus olas, una mujer joven aún, desconocida de todos en aquella región. Viósela, al principio, errar por la ribera, y subir después, trieste y pensativa por la pendiente de la roca. Allí, en lo alto del peñasco, permanecía día y noche, horas y horas, vuelta hacia el mar, de pie, inmóvil, interrogando con la mirada el lejano horizonte, en actitud de inexplicable dolor. 

Alguien, para consolarla, quiso saber el motivo de su pena, más ella respondió con expantosa sonrisa: “¡Jamás; no se ve venir nada!”

Los sencillos y hospitalarios pescadores se compadecieron de la desgraciada, rodeándola de atenciones y respeto, y recogiéndola por la noche en sus cabañas; mas, apenas despuntaba el día, nada podía sujetarla en casa. La pobre loca iba adonde la impulsaba su delirio. Los días de tempestad, cuando rugía el trueno iluminando las nubes, cuando las olas atormentadas por los vientos desencadenados se levantaban con furia y elevaban hacia el cielo las olas como montañas, de pie, en el borde de aquel movible abismo, con los miembros rígidos por el frío y el dolor, con los ojos iluminados por un fuego extraño, la pobre mujer miraba siempre al mar inmenso. 

Hubiérasela tomado por la estatua del dolor, si no se la hubieran oído sus sollozos y  sus gritos desgarradores, mezclados con el rumor de la tormenta.

El que ella esperaba no llegó; murió anegado en las aguas del Océano. Los pescadores enterraron su cuerpo en un flanco de la roca, tapiaron la tumba con una losa y la coronaron con una cruz. Desde entonces esa roca es conocida como “La roca desde la cual nada se ve venir”.

En los bordes tenebrosos del mar de expiación, que llamamos Purgatorio, hay almas que, hace ya muchos años quizás, se obstinan en mirar hacia la tierra, esperando algo que de allí llegue y calme sus dolores y ponga término a su destierro.

Esas almas son, tal vez, cristianos que esto leéis, las de vuestros padres, hijos, hermanos, esposos, amigos, parientes... Desde ese lugar de tormentos, os dirigen las conmovedoras palabras, que el paciente de Idumea dirigiera a sus amigos: “Compadeceos de mí, a lo menos vosotros que sois amigos míos; compadeceos de mí, porque la mano del Señor me ha herido”.

No os piden flores para sus tumbas, que el tiempo marchita, ni pomposos funerales, que a nada conducen, ni lágrimas estériles, que se evaporan, sino más bien “la gota de agua capaz de refrigerar su lengua”, es decir, la súplica ardorosa y ferviente que, unida con la de Cristo, enternezca su corazón Divino y pague el rescate del pecado. 

La Iglesia pone a disposición de los vivos, como medio para ayudar a los difuntos, el tesoro infinito de los merecimientos del Señor y de sus santos, en forma de indulgencias, totales o parciales, que vienen a ser a modo de gotas de agua, que extinguen o mitigan las ardorosas llamas en que se abrasan aquellas benditas almas.

Y, ¿Les negaremos esta ayuda?

P. Ardoín
Revista "El Santo", número 22
Publicado el día 13 de noviembre de 1943

P. Ardoín:

En el mes de las ánimas
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