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El cocotero y el fuego...

El cocotero y el fuego...

Junto a la desembocadura del río Eworo había un esbelto cocotero. Su tallo se había  elevado sobre  arbustos y árboles de su entorno. Cada período de tiempo el cocotero se iba desprendiendo de sus ramas secas, de sus cocos maduros llenos de apreciado líquido y sabrosa pulpa. A intervalos de tiempo también el cocotero dejaba caer la rama seca que había  sostenido el racimo de cocos.

 Pues bien, cerca de este monumento vegetal, en tierra firme, junto al río, una de las mujeres, de las que abundan en Guinea, había montado su cabaña con los necesarios departamentos para vivir ella y la posible numerosa prole que le asignarían en cuanto tuviera hecha su cabaña.

Era la  Señora  Ayeto, sola y solicita, para alimentar la numerosa prole que pronto se juntó a su lado. En un viaje a la ciudad la Señora Ayeto  vio en una carpintería metálica una exposición de trébedes para la venta
--¿Qué es esto? –preguntó
--Mire, Señora, esto es un utensilio  para poner el fuego debajo y la olla encima, así no se cae la olla y la comida se cuece  muy bien.

La Señora Ayeto no lo pensó dos veces:
--Sí,sí, quiero unos. ¿Cuánto valen?
Rebuscó entre sus ropas el dinero, pagó y se trajo los trébedes a su casita. Unas veces hacía el fuego en medio de la cocina, otras veces, en la calle al aire libre. Cuando los trébedes quedaban abandonados en la calle llamaban la atención del esbelto cocotero.

--Oh, desde mi altura veo muchas cosas. Veo esas casitas pintadas que corren por la carretera, veo pasar el agua del río constantemente hacia el mar, veo las serpientes boas tan largas como alto es mi tallo que atraviesan el río de orilla a orilla, veo volar las bandadas de vampiros que a veces cubren el sol; pero un bicho como tú no  sé lo que es. Te veo ahí tirado, abandonado, te veo con una llamita debajo y con una olla encima que en un momento devoran esa cuadrilla de niños que alimenta la mamá Ayeto.

A veces me molestas con el humo que sube desde ti y espanta las aves que vienen  a posarse en mis ramas. Dilo de una vez:
--¿Qué eres tú?
--Yo soy un utensilio de servicio, ayudo a la mujer en la preparación de los alimentos: la yuca, la bambucha, los cacahuetes, las bananas. Yo colaboro con el fuego. El fuego y yo somos un apoyo  para el trabajo de la Señora Ayeto.

--Colaboras con el fuego; el fuego en la selva no pinta, siempre es mínimo, una llamita. Veo a las mujeres cargados con palos  para mantener el fuego que hay que ponerlo en medio de la cocina como a un señorito. Si el fuego está en la calle apenas llueve se apaga, si no tiene leña seca se apaga. El fuego en la selva no pinta,¿sabes? Me río de ese fuego. El fuego verdadero está arriba, es el sol, son las estrellas, los rayos terribles de las tormentas, rápidos como el pensamiento. ¡Ese fuego que tu cobijas! ¡Va!

Pasó el tiempo, llegó el período de seca y la Señora Ayeto determinó poner siempre los trébedes junto al tronco del cocotero Al lado, pegadito a la base para resguardarse del aire y cambiando de lugar según la dirección de la brisa. Al principio el cocotero apenas se enteró de aquella peligrosa compañía, pero pronto en su base empezó a sentir un cosquilleo. Primero fue un poquito superficial, después más y más adentro.

De todas las maneras sus ramas seguían ondulando en el espacio.
Los racimos de cocos seguían adornando su hermosa cabellera. Los cuervos, gavilanes y tórtolas  venían a posarse en sus ramas. Las golondrinas describían en su derredor constantes arabescos.

La Señora Ayeto junto a la base del esbelto cocotero seguía cocinando para su numerosa prole. El cosquilleo de la base del cocotero iba siendo cada vez más intenso y más profundo. Las células de la base se habían ido tostando progresivamente. La savia para alimentar aquel esbelto tallo y aquella copa  receptiva de todos los vientos ya no era suficiente.
La mayor parte de la base del cocotero había sido tostada por el fuego intermitente y considerado sin importancia. La consistencia de la base se había reducido mucho. En la copa las hojas verdes acusaban un color más pálido. Hasta que un día aquel gigante de la naturaleza vegetal se sintió desfallecer por su base.

No fue la tierra firme quien  falló, no fueron sus infinitas raíces las que fallaron, fue su enlace entre la tierra y el espacio. Y el cocotero alto, el cocotero esbelto, aquella atalaya del río, del mar y de la selva cayó tendido  cuan largo era sobre los arbustos, sobre la chabola y sobre la tierra firme que acogió el tallo que durante muchos años había sustentado.
El cocotero esbelto había luchado con todos los elementos: la posible inconsistencia de la tierra, los vendavales en forma de tornado, las tempestades intensas y racheadas. Con todos había podido; pero el elemento fuego, lento, constante, operativo había podido con él. Diciembre  2010.          

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Pedro José Benages OFMCap:

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