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Vicente Castel. Misionero capuchino en Cuba

Vicente Castel. Misionero capuchino en Cuba

Reciéntemente tuve la oportunidad de conocer a fray Vicente. Me impresionó. 
Me contó su experiencia de vida. Desde el corazón. Cada detalle, cada palabra emanaba espiritualidad franciscana. 
Sencillo, humilde, de gran corazón a la par que fortaleza en sus convicciones.

Atiende una misión muy humilde en Cuba.
Allí, los fieles siguen con devoción una de nuestras revistas: El Santo.
Le pedí que me contara algunos rasgos de su vida y así comenzó.

¿Quién es fray Vicente?

La verdad no lo sé. Solo Dios lo sabrá. Yo solo sé que soy un hermano capuchino, misionero y pecador...
Lo de “santo”, como decía el capuchino Beato Diego, lo sabe el Señor...

Yo nací, por la misericordia del Señor, el día 3 de marzo de 1936. A los pocos días me bautizaron, por eso del comienzo de la guerra civil española. Me puse muy enfermo y un médico africano me curó. Este médico estaba en el hospital de mi pueblo, en Atienza, provincia de Guadalajara. Cuando tenía 4 años, mi madre muy devota de la Virgen de la salud de Barbatona, pueblo cercano a Sigüenza, me llevó a presentarme a la Virgen para darle gracias por mi curación. Hoy perdura esta costumbre en todos los pueblos de la zona de Guadalajara.

En los años 40, no había otros medios que la burra y andando se unían varias familias, todas con el mismo fin. Dar gracias a la Virgen.

Hacia los 5 años, en mi pueblo había unas monjas de santa Ana, ellas me enseñaron la oración de “Bendita María sea tu pureza”, que jamás se me ha olvidado y otras oraciones. En la capilla que tenían nos llevaban en fila por las tardes a rezar al Cristo del perdón, talla de Carmona del s. XVII. En mi familia mis padres eran muy creyentes, en especial mi madre. De familia de hortelanos, también teníamos algunas pequeñas tierras de cultivo de trigo y cebada. 

Nos juntábamos a comer 9 contando a mis padres, aunque éramos una familia pobre y humilde no nos faltó la comida. De mis 7 hermanos, servidor está en el centro, es decir, tres mayores y otros tres más pequeños que yo: todos, gracias al Señor vivimos y además dos de ellos son religiosos: la única hermana que es monja Ursulina y servidor que soy capuchino. Los demás están casados por la Iglesia Católica y son buenos cristianos...

Cuando llegaba el tiempo del invierno nos reunía a todos, alrededor de la lumbre de la cocina para rezar el santo rosario y ¡ojo! Que no te durmieras porque mi madre te daba un achuchón, pues a mi madre no se le escapaba una. Recuerdo que con nieve y grandes heladas nos despertaba para ir a misa los domingos, pasando un frío de miedo y con sabañones en los dedos...

Con 8 años tenía que llevar el almuerzo a mi padre allí donde estuviera trabajando. En el camino rezaba el rosario, pues en la catequesis de la parroquia nos enseñaban a seguir un librito que duraba todo el mes de mayo. Cada día se anotaban los rosarios, sacrificios y penitencias que hacías por la Virgen María. Yo como era pobre, pero dibujaba muy bien para mis años, les hacía los dibujos y así me prestaban las pinturas. En la escuela estuve hasta los 12 años o algo más no lo recuerdo bien. Escribía bastante bien con letra muy bonita y cuidada pero no era tan bueno para las matemáticas....
Por entonces era un muchacho alegre pero muy tímido. A esta edad tomé mi primera comunión y me confirmé, que por cierto era obispo de Sigüenza Mons. Muñoz Hierro. Mi primera comunión cambió algo mi vida. Hacía la visita al santísimo, comulgaba siempre que podía, etc...

Como en familia éramos muchos y pobres a los 14 años hice de agostero. Así se llamaba a los muchachos que ayudaban a otro señor para hacer las faenas del verano: acarrear la mies, segar, trillar, etc…

¿Cómo entró en la Orden capuchina y descubrió su vocación?

Por aquel entonces iba a la Acción Católica después de hacer la visita al Sagrario. Me pillaba de paso y entraba a chalar con muchachos de mi edad. El ambiente que había en Atienza era muy sano. Un señor nos enseñaba música. Siempre me escogía a mí para llevar el compás. Aprendí a tocar el laúd y conocí a un muchacho que estudiaba en Madrid y vivía en casa de una tía suya muy cerca de Jesús de Medinaceli. Me hablaba de los capuchinos. Sin yo preocuparme mucho, Dios me iba preparando el camino. Como siempre una de esas tardes que hacía mi visita al Santísimo y terminado mi trabajo del campo, solo en la iglesia haciendo mis oraciones, sentí algo especial dentro de mí mismo: “serás hermano capuchino”. Es muy fácil escribirlo, pero lo que yo sentí no lo puedo explicar. Aún lo siento y jamás he dudado de ello. Tras 65 años que llevo en la Orden lo vivo como al principio.

Aquel día salí lleno de alegría de la iglesia y marché a casa para contarlo, especialmente a mi madre y a mi hermana. En seguida se enteraron las amigas de mi hermana.

Después, cuando volví de agostero de un pueblo de Paredes, corría el año 1952, tenía 16 años, escribí una carta al P. Provincial, el P. Cornelio, pidiendo el ingreso a la Orden. Creo fue hacia los primeros días de octubre, la fecha no la recuerdo bien. Dos muchachas que iban a Madrid me llevaron al convento de Jesús de Medinaceli. El fraile que me abrió la puerta era Fr. Sabino y mientras venía el Provincial, Fr. Sabino me hizo la siguiente pregunta: 

-¿Para qué vienes al convento? 
Yo le contesté con firmeza: 
-Para hacerme santo. 
-Bueno, bueno, está bien, a ver si es verdad...
Me contestó....

A esto viene el P. Provincial y después de hacerme algunas preguntas, me dijo que después del almuerzo me llevarían al convento del Pardo con otros muchachos aspirantes. Yo estaba loco de contento, pero como era muy tímido estaba en silencio.

Llegamos al convento del Pardo y me recibió el P. Ludovico que era el que me cuidaría como aspirante junto con otros. Los primeros días estaba un poco despistado, pero me sentía feliz, tanto que por aquellos claustros alzaba los brazos en alto y alababa al Señor, hasta que me llamaron la atención. Todo el tiempo que pasé como aspirante en el Pardo fue un tiempo feliz. Las celebraciones, los cánticos del coro del colegio, todo me hacía feliz. Un día me llamó aparte nuestro director y me dijo: 

- ¿Por qué no pasas a estudiar al colegio?

Yo tenía cualidades y era el más joven de los aspirantes. En las clases que teníamos sobresalía. Le respondí:

-El Señor me ha llamado a ser hermano capuchino, pero no para sacerdote.
Se extrañó que le diera esa contestación.

-Bueno, bueno, está bien...
Me contestó.

Al año más o menos me llevaron a Bilbao, con otro aspirante mayor que yo. Allí haría el noviciado y me vestirían por primera vez de capuchino. En la oración no hacía otra cosa que dar gracias al Señor, ¡qué alegría y gozo sentía en mi alma!
En Bilbao empecé a leer dos libros que me llenaban de gozo mi espíritu: Santa Teresita del Niño Jesús y sor Isabel de la Santísima Trinidad.

Pero el Señor, tan bueno conmigo hasta ahora, pues me daba muchas alegrías, en el noviciado me hizo ver la otra la otra cara de la moneda: angustia y sufrimiento. En el noviciado murió mi padre y en aquel tiempo no se podía romper el noviciado, por lo tanto no pude ir a casa...Me quitaron de campanero, tanta alegría que me daba despertar a los frailes a maitines de la una de la noche, y por la mañana a las seis de la mañana y así estar el primero en el coro. A pesar de estos pequeños sufrimientos -y tuve otros, jamás perdí el sentido de mi vocación y daba gracias al Señor por ella...

Terminado el noviciado Dios quiso dejarme en la fraternidad de Bilbao. Según se decía entonces, porque era ejemplar. Ya profeso simple, otro alegrón que me dio el Señor, me encargó de cuidar cinco ancianitos de la fraternidad. Un joven y de pocas carnes con poca experiencia, con 18 años. También me encargaron de la sastrería y hospedería, en fin, no tenía tiempo para aburrirme. Así unos siete años largos hasta que me trasladaron al convento del Pardo donde estuve 32 largos años.

Durante este periodo, el Señor, me tenía reservadas muchas sorpresas: Me pusieron en el taller de carpintería con un fraile muy bueno, fr. Andrés, un buen ebanista vasco. Con él aprendí no solamente carpintería, sino espiritualmente, virtudes como ser humilde, sencillo y sobre todo franciscano. 

Estábamos haciendo unos 200 bancos para la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, para el convento de Usera de Madrid. La primera fue que trabajando en la máquina “tupi”, a este hermano, la máquina le cortó los dedos de la mano izquierda. Para mí, que llevaba algo más de un año, fue impresionante, tanto es así, que quería marcharme a los cartujos, pero mi director espiritual, me quitó la idea y me tranquilizó.
Me dijo:
-¿No te quiere el Señor para capuchino? es cosa del demonio, tú sigue adelante...Tienes que hacer mucha oración que te ilumine.

Mi director espiritual, era entonces el Provincial. Cuando vino de Venezuela de visitar a aquellos Hermanos, se acercó al Pardo, vio a Fr. Andrés cómo estaba y después, aparte, me llamó a mí. La conclusión de esta visita, al terminar me dijo:

-¿Te atreverías a seguir adelante con la obra y el taller?
Yo le dije que sí, pero necesitaba gente para terminar los bancos. Me dijo que lo que necesitara que se lo dijera a él y así fue.

Por aquel entonces había muchos cursos por correspondencia y me puse a estudiarlos: De carpintería, ebanistería, soldadura, cerámica, etc… de todos saqué título y con esta preparación y hecho el bachillerato ingresé en la escuela de Maestros Industriales, en la especialidad de construcción e industriales.

¿Qué servicios ha prestado en la Orden?

Terminada esta fase pasé a la escuela de Arquitectura Técnica.

Comenzaron la reforma de los conventos. El Pardo, Jesus de Medinaceli, San Antonio de Cuatro Caminos, Vigo, Gijón, etc... viajes... Se me complicaron mucho las cosas, tenía que compaginar, los viajes con las clases en el colegio y la atención del taller, además de las reuniones que tenía al pertenecer a la Comisión de Obras y Economía de la Provincia...  En fin estaba muy cargado de cosas y preocupaciones. 

En este tiempo hacía unos belenes con movimiento de figuras: agua, nieve, etc. etc. Los domingos había que cortar la cola durante las misas... También es verdad que me ayudaban los niños del colegio y Jorge, un señor que tenía en el taller, pero la parte técnica la tenía que llevarla yo.

En el colegio estuve de profesor de dibujo técnico y trabajos manuales unos 17 años.
En estos 32 años en El Pardo hice más cosas, pero para no alargarme mucho lo dejamos así...


Háblenos de Cuba… ¿Cómo es su misión?

Después del ajetreo que tenía, el Señor me inspiró que debía ir a misiones. 

Era Provincial el P. Fidencio y llegada la “visita canónica”, le conté mi preocupación y mi problema, y le dije:

-Llevo mucho tiempo en El Pardo y quisiera ir a Misiones, siempre he soñado con ir a Misiones...
Él, me preguntó a ver dónde quería ir y yo le respondí:
-Al Orinoco, a Venezuela, lo más difícil....

Tajantemente me contestó: 
-No, para que te flechen como a otros frailes, no.
-Bueno, si no es ahí ¿a Cuba?. 
Y me respondió:
-Si buscamos a otro fraile que quiera ir contigo, sí. 

A los pocos días me llamó y me dijo que ya había otro fraile dispuesto a ir conmigo. Le pregunté a ver si podía saber quién era y me dijo que el P. Felipe Tejerina. Lleno de alegría le respondí que estupendo.

Mientras se prepararon los papeles aproveché haciendo un curso de catequética en el seminario de San Buenaventura de Madrid. Dios solamente sabe lo que he hecho en Cuba, sí puedo decir, dadas las circunstancias especiales de aquellos tiempos (año 1992) que era feliz y que aún sigo siéndolo después de 26 años allí.

Llegué a Cuba el 3 marzo 1992. Nos esperaba el P. Jacinto. Él estaba solo en Jesús de Miramar. Al otro día nos presentó al Nuncio que era español. Después de un rato de charla cambié de opinión, pues yo pensaba en montar un taller de artes y oficios, pero cambié la idea y me dediqué a obras sociales, monté un dispensario para la Tercera Edad, un costurero-ropero, la Catequesis… era el administrador de la casa, etc. etc... Fue cuando me vino la idea de aprender a tocar la guitarra para animar a los niños con las canciones de la catequesis. A los 4 años me comprometí a hacer el proyecto de toda la cerca, que estaba en el suelo. 

Como estaba encargado de la sacristía, montaba los nacimientos y adornaba el frente del retablo haciendo un montaje de luces impresionante. En esto, como en otras cosas, me ayudaban los niños y niñas de la catequesis, especialmente José Félix y su hermano Wilber. 

Pero llegó un momento en que el Señor me pedía otra cosa más misionera, porque vivía demasiado bien a pesar del trabajo que desarrollaba en esta fraternidad y pedí ir a Santa Clara. El Papa San Juan Pablo II había dejado preparado el terreno para trabajar en las periferias de Santa Clara y en la primera reunión de los agentes de Pastoral de la parroquia y siendo párroco el P. Fidencio, (mira que coincidencia) y hablando en dicha reunión sobre las periferias de la ciudad que no estaban atendidas, aquí el Señor me puso para que todos dijeran que, como tenía moto me tocara mí esa tarea. Yo acepté gustosamente ese reto y aquí estamos, Señor, dije para mis adentros...

Los pueblos o barrios de Sakenaf y Boquerones a dos y cuatro kilómetros de la parroquia respectivamente, en el centro de la Isla, tirando hacia la montaña. Pasando Sakenaf, la corretera está muy mal, con muchos baches. La gente es buena y sencilla, te acogen bien y lo poco o mucho que tengan te lo ofrecen con cariño. Las casas están un poco separadas unas de otras, con muchos árboles, aunque también existen bloques de casas juntas, de una forma irregular. Muchas de ellas con techo de guano y piso de tierra, aunque desde el año 1999 a hoy, sobre todo en Sakenaf, todo lo hacen de bloque y piso de losa en casas que se construyen o las arreglan.

¿Qué significa para usted san Antonio de Padua?

A San Antonio lo conocía desde pequeño, ya que en mi pueblo se le tenía mucha devoción. Como franciscano, lógicamente, es un santo que me ha llamado mucho la atención...

¿Qué opinión tiene sobre la revista El santo y qué le gustaría que publicáramos en ella?

Muy buena, por aquí se le estima mucho y la gente la lee. Cuando tarda en llegar me preguntan ¿qué pasa con la revista?

Cuéntenos alguna anécdota ocurrida en su misión.

Como de costumbre, un Domingo iba con hábito y tocando la campana por las calles de Sakenaf.
Una hora antes de comenzar la misa, un señor mayor me dice:
-Estoy hasta la coronilla con esa campana, a lo cual le respondí; 
-Es la voz del Señor para que la gente vaya a misa. 
No le gustó mucho la respuesta y con una palabrota me insistió que me fuera. Seguí tocando.
Llegué a la carretera, ya muy cerca de la capilla, había un caballo con su carro pero sin gente. Se espantó y buena la que se armó, así que tuve que dejar de tocar la campana y fue el último Domingo puesto que comenzamos a tocar en el campanario de la torre de la capilla.

Desde que llevo por estos barrio ya me han mordido cinco perros. Cuando visito a enfermos o por otros motivos, por mucho cuidado que tenga a uno te salen por donde menos se lo espera. El último fue en la calle, precisamente en la casa que iba a visitar y buen mordisco me dio en el muslo. Si no es por una sobrina no sé lo que hubiera pasado. La mordedura fue buena porque tuvieron que llevarme al hospital y ponerme la inyección del tétano. La señora que iba a visitar era para darle un medicamento y dio la casualidad que el perro no estaba atado.


Algo que le gustaría expresar a los lectores, hermanos y en especial a los suscriptores de El Santo.

Siempre les digo que cuando la lean, se la presten al vecino. Lo comento en la capilla. Les hablo sobre los artículos para que se animen a leerlos. Mucha gente se la lleva. Siempre mi consejo es que si no la pueden leer por problemas de la vista se la den a leer a una persona que vea bien y así se enteran. Mucha gente me la pide, y les tengo dicho, a las personas que se la doy en la capilla que, una vez que la lean la traigan para que la lean otras personas...
 
Y termino contándote que muchas cosas me he las he saltado por ser breve, pero lo más importante está. Quiero decirte que a parte de la capilla, que es el centro de toda Misión y muy importante, gracias a Dios está bien atendida. Tenemos misas los miércoles y domingos y el jueves exposición del Santísimo.

Damos clases de computación a los niños e inglés los sábados por la mañana y vamos a comenzar, Dios mediante, a hacer un gimnasio para personas de la Tercera Edad.

Como te puedes imaginar hay muchos gastos y de las clases de trabajos manuales, que también tenemos, se saca muy poco. Hacemos colectas solidarias. Gracias al Señor, es la Provincia de España de donde viene todo, sobre todo las obras grandes y todo lo que se ha hecho en la capilla San Pío. Desde estas humildes líneas a los Hermanos de la Provincia y queridos lectores que tenéis a bien seguirnos, no dejéis la obra y rezar por mí y por las misiones en Cuba de Sakenaf y Boquerones. Gracias. 

Gracias fr. Vicente

Entrevistas:

Paloma Sánchez. Voluntaria en SERCADE Juan Antonio Estrada, catedrático emérito de filosofía Vicente Castel. Misionero capuchino en Cuba Juan José Murcia Tudela, misionero Capuchino en Colombia José Antonio Recalde. Vicepostulador para las causas de Alejandro e Inés Juan Luis Guijarro. Gerontólogo. Recomendaciones de Aldara Bosch para saber envejecer Al habla con Jesús Rojano, director de la revista Misión Joven. José Ignacio Calleja. El cristianismo tiene futuro: sus cimientos son pura roca. Félix Bohórquez, misionero capuchino en Guinea Ecuatorial
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