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01/02/2020 Tú eres belleza

Me llamó la atención la lectura de un artículo que comenzaba con la siguiente cuestión: ¿Por qué nos atrae lo bello, lo que consideramos bonito? 

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Pido por amor de Dios para el sostenimiento de la obra apostólica y misional de la Orden; y es un bien para los que me socorren por el amor de Dios.
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José Ángel Echeverría

José Ángel Echeverría.
Historiador y responsable de la Biblioteca y del Archivo Histórico de la Orden Capuchina

¿Quién es José Ángel Echeverría?

Nací en Arróniz (Navarra), pueblo pequeño cercano a Estella, en 1963. Pertenezco a una familia de agricultores que a base de trabajo y sacrificio ha salido adelante, y soy el tercero de tres hermanos. Mi educación fue como la de todos los demás chicos y chicas del pueblo: bastante religiosa, aunque echando una mirada retrospectiva se puede decir que la secularización se estaba ya dejando sentir de forma implacable. En el pueblo fui, como todos, a la escuela que dirigían las Hijas de la Caridad, y durante algún curso a la del maestro, aunque ambas formaban la misma unidad escolar. Fui monaguillo, como casi todos los demás chicos, y recuerdo con agrado a los curas de mi pueblo-parroquia, bastante jóvenes y en total sintonía con las novedades que trajo el Concilio Vaticano II. A los once años, con otros compañeros del mismo curso, y porque obligatoriamente teníamos que salir a Estella a continuar los estudios de EGB en la concentración escolar comarcal, ingresé en el colegio-seminario capuchino de Alsasua, donde cursé 6º, 7º y 8º. De Alsasua pasé a Tudela, donde los capuchinos tenían la segunda etapa del seminario menor, pero allí no teníamos las clases del bachiller y COU en casa, sino que frecuentábamos el Instituto “Benjamín de Tudela”, donde las clases eran obviamente mixtas. Mi impresión es que el nivel académico, tanto en Alsasua como en Tudela, era bueno, tirando a alto. De Tudela pasé a Pamplona, sólo quedé yo del grupo inicial que habíamos comenzado 6º en Alsasua.

En Pamplona los capuchinos teníamos el postulantado, y allí estudié los dos primeros años de teología (1981-1983), que se componían fundamentalmente de disciplinas filosóficas. A continuación hice el noviciado en Jaca, y proseguí en Vitoria, en la Facultad de Teología, los estudios teológicos (1984-1987). Posteriormente, y después de dos años como profesor de religión en el Instituto de Tudela donde había sido alumno, fui destinado por mis superiores a estudiar la disciplina de ‘historia de la Iglesia’ en Roma, en la Universidad Gregoriana. Allí defendí la tesis, que versó sobre los capuchinos en la España del siglo XIX, el año 1997. En Roma también aproveché para realizar los estudios de biblioteconomía en la Escuela Vaticana de Biblioteconomía. Vuelto a España desempeñé distintos trabajos: profesor de historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Vitoria, encargado de la enfermería de la provincia capuchina de Navarra, algunos años responsable de la economía de la provincia, secretario provincial, etc. Y ahora, desde hace diez años, vivo a caballo entre Pamplona y Roma. En Pamplona sigo con las clases de historia en Vitoria y con otras ocupaciones relativas a los archivos y bibliotecas de la provincia, y en Roma estoy encargado de la nueva edición del Lexicon Capuccinum, que es un diccionario sobre la historia de la Orden capuchina.

Cuéntanos cómo entras en la Orden capuchina y cuál es tu vocación dentro de la Orden

Como ya he comentado en la respuesta a la pregunta anterior, a los once años ingresé en el colegio-seminario de los capuchinos de Alsasua (Navarra). Evidentemente a esa edad no se puede hablar de vocación, aunque debo decir que ya en aquel tiempo no me desagradaba la idea de llegar a ser un día fraile capuchino. La historia de una vocación es un misterio que reside en el sagrario más íntimo de la conciencia de cada persona, en los pliegues más recónditos del alma. El poeta León Felipe dice que Dios ha preparado para cada persona un camino de acceso a él. Por tanto cada uno tiene su experiencia, en gran medida incomunicable. Yo no puedo narrar aquí ninguna experiencia mística o sobrenatural extraordinaria, o haber escuchado una voz, etc. Lo que puedo decir es que con el paso del tiempo y el consejo de otros frailes llegué a la convicción de que el estilo de vida franciscano capuchino podía convertirse en el camino de mi vida.


Además ese estilo de vida, que pone en el centro ser hermano menor viviendo el evangelio que Jesús de Nazaret nos regala, me atraía y se me imponía interiormente como mi vocación, y a pesar de todas las dificultades que yo veía en ese proyecto de vida se me invitaba a confiar en alguien mucho mayor que yo. Todo esto lo fui descubriendo y afianzando poco a poco a lo largo de todo el proceso de lo que los capuchinos y otras congregaciones religiosas llamamos formación inicial, que consta de postulantado, noviciado y postnoviciado. El postulantado, que hice en Pamplona, resultó de gran importancia para mi, pues descubrí la belleza de la fraternidad y lo que significa valorizar y respetar la singularidad de cada persona, seguramente de una forma muy idealizada, pero así quedó en mi interior. Después hice el noviciado en Jaca (Huesca), cerca de los Pirineos, un año dedicado a la interiorización de los valores del proyecto de vida franciscano, donde fue muy interesante la experiencia con los transeúntes (gentes sin casa ni trabajo que van de albergue en albergue) que acogíamos diariamente en casa, con los que comíamos y compartíamos diversos momentos del día. Después vino el postnoviciado en Vitoria, en el que junto a los estudios de teología fue importante la experiencia de fraternidad y el contacto con la gente del barrio y de la parroquia donde colaborábamos pastoralmente.


Mi vocación en la Orden es, como la de los demás, ser hermano menor, más allá de los trabajos que yo haga o de las actividades a las que me dedique. Esto tiene una gran importancia, pues cuando uno profesa en la Orden capuchina, a diferencia de otras congregaciones que tienen trabajos, pastorales o de otro tipo, mucho más concretos y definidos, sabe que no se dedicará exclusivamente a una actividad, sino que muy probablemente realizará distintas actividades, lo que vulgarmente llamamos pluriempleo. Y esto proviene de que la Regla de san Francisco que profesamos afirma que nuestra vida es “vivir el evangelio”, lo que permite todo tipo de actividades y trabajos pastorales. Por eso mi vocación es ser hermano menor más allá de aquello que concretamente haga, pero serlo en lo que haga. No menos cierto es que mis superiores me destinaron a estudiar historia de la Iglesia para que en el futuro me dedicara a estudiar la historia de la Orden y de mi provincia (entonces Navarra) y sus misiones. Yo no pedí estudiar esto o aquello, aunque me agradaba estudiar, y me gustaba la historia, pero también me atraían otras disciplinas y si me hubieran mandado estudiar otra cosa lo hubiera hecho y probablemente también me hubiera gustado. Pero estoy muy contento de haber estudiado historia de la Iglesia, y de investigar y estudiar la historia de la Orden y de la provincia. Y esta es mi misión particular en este momento, mi trabajo en la Orden. Mi vocación es ser hermano menor.

 

 

¿Qué trabajos desempeñas en la Orden y dónde? Cargos, actividades ...

Comenzaré diciendo los trabajos y actividades que he desarrollado desde mi profesión perpetua en 1987, y después comentaré los actuales.

Nada más profesar me destinaron a Tudela, donde formé parte del equipo formativo del seminario durante dos años. En ese tiempo también fui profesor de religión en el Instituto “Benjamín de Tudela”, donde yo había estudiado el bachiller, y a donde acudían nuestros seminaristas, a tiempo completo (20 horas semanales de clases). A continuación fui a estudiar a Roma. A la vuelta de Roma estuve dos años en Vitoria, donde se encontraba el postnoviciado, allí comencé a dar clase de historia de la Iglesia en la Facultad de Teología, lo que continúo haciendo hasta el día de hoy. Posteriormente fui elegido consejero de la provincia (1999), cargo en el que estuve seis años, y al mismo tiempo fui nombrado responsable de la enfermería provincial. En esos años estuve muy involucrado en la vida de la provincia capuchina. Antes de finalizar ese sexenio, el año 2003, fui nombrado ecónomo provincial, y el año 2005 también secretario provincial, cargos que implican un grado considerable de responsabilidad y una carga de trabajo importante. El año 2002 también me hicieron responsable del archivo provincial de Pamplona. Al finalizar el año 2006 el ministro general me encargó dirigir el proyecto de publicación del nuevo Lexicon Capuccinum (diccionario de historia de la Orden capuchina), para lo que tengo que residir en Roma. Pero esto se hizo efectivo prácticamente a finales del año 2007. Desde entonces vivo en Roma un semestre, dedicado a la redacción del nuevo Lexicon, y otro en Pamplona, ocupado en la docencia de las clases de historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Vitoria, y en las clases de historia de la Orden franciscana en la ESEF (Escuela Superior de Estudios Franciscanos-El Pardo/Madrid).

Además estoy encargado de la biblioteca de Pamplona (una de las cuatro sedes de la biblioteca central provincial de la provincia capuchina de España) y del Archivo Histórico Provincial de Capuchinos de Pamplona. E intento dedicar algo de tiempo, cuando puedo, a la investigación histórica, que es algo nuclear en mi profesión de historiador.

Tu trabajo se centra en el estudio de la Orden desde una visión histórica. ¿Qué momentos históricos destacarías como más significativos?

Mi trabajo efectivamente gira en torno a la historia de la Orden en general y a la de las provincias capuchinas de España, así como en torno a su patrimonio cultural, que se manifiesta en sus bibliotecas, archivos, museos, obras de arte, etc. Antes de contestar a la segunda parte de la pregunta quisiera decir que este trabajo tiene una dimensión evangelizadora y de diálogo con la cultura muy importante, donde reside su sentido. Trabajar en este ámbito de la Orden y de la provincia te pone en contacto con personas que en muchas ocasiones no acuden a otras convocatorias religiosas nuestras, que muchas veces no son practicantes o son indiferentes; en el trato con ellas esas personas están contactando con la Iglesia, pues nosotros al final representamos a la Iglesia, y es importante que ese trato sea digno, humanamente cálido, y en la verdad. Y tratándose de la historia la cuestión de la verdad no es una cuestión baladí, pues somos buscadores de la verdad histórica, aunque esa sea imposible dadas las limitaciones de nuestro conocimiento subjetivo. Pero queremos tender a ella.

Desde nuestras instituciones culturales (archivos, bibliotecas, museos) queremos difundir nuestra espiritualidad, nuestra manera concreta de entender el evangelio y la Iglesia, y esto dando a conocer nuestra historia (presencias, misiones, trabajo a favor de los pobres, etc.) y nuestro patrimonio, que representan la concretización histórica de esa forma de vida y espiritualidad a través del tiempo y del espacio.


Los momentos históricos más significativos de la Orden los resumiría así: excepcional y maravillosa fue la primera expansión de los capuchinos por Italia (desde su nacimiento en 1528), a pesar de la oposición tenaz, completamente explicable y normal de los Observantes (los que en España conocemos por franciscanos), pues nosotros somos una reforma de su Orden (ya dividida completamente desde 1517 entre Conventuales y Observantes). Otro momento de expansión espectacular fue cuando los capuchinos pudieron salir de Italia después de 1574, su expansión en Europa, también en España, fue extraordinaria, convirtiéndose en algunas regiones de Europa, junto con los jesuitas, en los bastiones de la defensa del catolicismo frente a la Reforma protestante siguiendo las directrices del concilio de Trento. Otro aspecto importante de la pujanza y vitalidad de los capuchinos, que generalmente fueron muy populares, fue su arrojo misionero durante los siglos XVII y XVIII, predicando misiones por los pueblos, y en las misiones de ultramar, primero en todo el Oriente próximo y después en África (Congo) y América (Venezuela, Colombia). Etapa importante fue todo el siglo XIX, siglo de purificación y adaptación a un nuevo mundo salido de la Ilustración y de la Revolución francesa. Como todas las órdenes religiosa la nuestra sufrió todos los golpes y batacazos posibles de los gobiernos liberales anticlericales, pero desde finales del siglo XIX vivió una nueva primavera, expandiéndose y fundando misiones por todo el mundo. Otro momento importante es el actual, posterior al Concilio Vaticano II, en el que estamos asistiendo a un desplazamiento de la Orden, desde Europa, que fue su ámbito natural en el pasado, donde hoy surgen muy pocas vocaciones, a las regiones llamadas del tercer mundo, sobre todo a África y Asia, (no tanto a América latina, a excepción de Brasil), donde las vocaciones a la vida franciscano capuchina son numerosas y prometedoras.

A buen seguro dispondrás de anécdotas interesantísimas. ¿Puedes contarnos alguna?

La verdad es que no tengo un elenco de anécdotas, pero sí puedo decir alguna cosa chocante de nuestra historia, de la de la Orden capuchina. Hace dos años un Hermano quedó sorprendídisimo y un tanto perplejo en un curso de formación permanente en el que yo explicaba el nacimiento de la Orden capuchina. ¿De qué quedó perplejo? De la importancia que tuvieron algunas mujeres influyentes en que la reforma capuchina se afirmara y continuara desarrollándose con fuerza, a pesar de las dificultades iniciales. Primero fue importante la duquesa Catalina Cybo, sobrina del papa Clemente VII, que defendió a los primeros capuchinos y cuya influencia fue decisiva para conseguir la bula Religionis zelus, del 3 de julio de 1528, que rubricó y sentenció la nueva reforma capuchina. Posteriormente otra mujer, una de las más conocidas del renacimiento italiano porque también fue poetisa y amiga de Miguel Ángel Buonarroti, Victoria Colonna, defendió a los capuchinos ante papas y cardenales (y ante el emperador Carlos V), cuando aquéllos eran acusados de herejes y defensores de la doctrina de la libertad del espíritu.

Otro punto llamativo en la historia de los capuchinos es que los iniciadores de la reforma, sobre todo Mateo de Bascio y Ludovico de Fossombrone, acabaron fuera de la reforma por el perfil que ellos querían para ésta. Y no menos llamativa y escandalosa, un baldón para la Orden, que estuvo en el filo de ser suprimida por el mismo papa, fue el paso a la reforma calvinista de Bernardino Ochino, uno de los predicadores más aclamados de su tiempo (dicen que hasta Carlos V fue a oírle predicar en Nápoles), amigo de Victoria Colonna, siendo como era vicario general de la Orden (entonces no había todavía ministro general). La nueva reforma, a pesar de todo, misteriosamente, continuó desarrollándose y expandiéndose por todo Italia con una vitalidad inigualable.

Una anécdota que me llamó poderosamente la atención, que nos haba de la dimensión histórica de la Orden (y de la Iglesia) y de cada uno de nosotros, que no somos capaces de superar nuestra época ni ir más allá, fue cuando en Sevilla, en el archivo de la provincia capuchina de Andalucía, me encontré con un documento muy singular: la donación al convento de un esclavo negro en el siglo XVII. Lo donaba el pariente de un fraile que era capitán de navío y viajaba con frecuencia a las Indias. En uno de sus viajes había traído un esclavo negro suyo y al volver allí no lo quería llevar de regreso a América. Por eso lo donaba al convento de capuchinos para los trabajos pesados de la huerta. Esta práctica era común entre los conventos del sur de la península, por su relación frecuente con América, así como entre las familias nobles, que también comerciaban y se enriquecían con el comercio americano. Me llamó mucho la atención porque en ese tiempo algunos capuchinos misioneros, en la actual Venezuela, defendieron la ilicitud de la esclavitud de los negros, pues la de los indios ya se había declarado el sigo anterior con las tesis de Francisco de Vitoria y de la escuela de Salamanca, y por ello sufrieron la cárcel no muy benigna de la Inquisición. Pero así es la historia y los usos y costumbres sociales de cada época, a los que estamos extrañamente aferrados. La esclavitud de los negros no la condenó la Iglesia hasta finales del siglo XIX.

En la Orden has desarrollado una biblioteca de gran contenido. Incluso en el mundo de Internet. ¿Puedes indicarnos qué destacarías de este proyecto y que pueden encontrar en él los estudiosos?

Antes que nada tengo que aclarar que no he sido yo el que ha desarrollado esta biblioteca, fruto de muchas circunstancias que han concurrido en ella. La biblioteca de Pamplona-Extramuros tuvo su inicio en 1606, cuando se fundó el convento e inmediatamente se convirtió en casa de estudios y en el convento matriz de los demás conventos de esta zona. Durante la exclaustración del siglo XIX sufrió la devastación total, su desaparición. Y cuando se restauró el convento en 1879 quedó en cierto sentido restaurada la biblioteca. Para ello los frailes recuperaron algunos fondos que habían quedado escondidos en las casas de familias amigas y fueron adquiriendo otros poco a poco. La biblioteca por tanto es fruto de muchas generaciones de frailes y bibliotecarios que la han cuidado y mimado, ya que era la biblioteca más importante de la provincia capuchina primero de Navarra y Cantabria (antes de la exclaustración), y después de la provincia de Navarra-Cantabria-Aragón, biblioteca cuya finalidad más importante era la formación de los estudiantes de teología capuchinos, que después serían predicadores, misioneros, escritores, etc. No puedo no recordar a mis predecesores en este trabajo, sobre todo a los padres Vidal Pérez de Villarreal, científico y estudioso eximio que inició la informatización de la biblioteca, y Francisco Javier Cabodevilla (Pablo de Zabalceta), que durante muchas décadas fue bibliotecario en Lecároz y los últimos años en Pamplona. Con el paso del tiempo los fondos de la biblioteca han ido creciendo porque en ella se han incorporado las bibliotecas de otros conventos que se han ido cerrando (Jaca, Fuenterrabía, Alsasua, Estella, Tudela). Pero sobre todo fue la biblioteca del colegio de Lecároz, que contaba con más de sesenta mil volúmenes, la que enriqueció notablemente con sus fondos la biblioteca de Extramuros.
 

 

También hay que señalar que un enriquecimiento muy grande de la biblioteca ha sido el hecho de que en ella han acabado las bibliotecas personales, muy ricas, de algunos religiosos investigadores, historiadores, literatos, sobre todo las del P. Donostia (compositor y estudioso del folklore vasco) y la del P. Dionisio Preciado (musicólogo), especializadas en música, musicología, folklore, etc. La biblioteca cuenta con un fondo bueno de franciscanismo y con otro de temática vasco navarra (historia, literatura, etnografía, música, etc.) muy apreciado por los investigadores. Todo esto, junto con un fondo antiguo muy rico en el que no faltan algunos incunables y ediciones antiguas de algunas obras señeras de la literatura vasca, es lo que ofrece esta biblioteca, que sigue todavía en un proceso, avanzado, de catalogación informática, que puede llegar a contar unos doscientos mil volúmenes (están ya catalogados casi unos ciento cincuenta mil).

En este momento la biblioteca está involucrada en la elaboración del catálogo colectivo, on-line, de las bibliotecas capuchinas de España, cuyo proyecto más original es la formación de una biblioteca digital de las obras escritas por los capuchinos de España. En la informatización de la biblioteca de Pamplona, que se comenzó hacia 1998, y ahora en la elaboración del catálogo colectivo y de la biblioteca digital capuchina, pieza clave ha sido y es la bibliotecaria de nuestra biblioteca de Pamplona, Miren Lara, que a su competencia profesional une una pasión nada común por el mundo del libro. Miguel Anxo Pena, capuchino, historiador y profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca, que también fue bibliotecario de la Universidad, es quien por parte de la Orden está al tanto de todas las cuestiones relativas a la informática, pues yo voy un tanto rezagado en el veloz maratón de las nuevas tecnologías.

 

¿Existe en la Orden una asignatura pendiente con respecto del reconocimiento del arte en la Orden?

Supongo que algunos responderían a esta pregunta afirmativamente. Pero la respuesta tiene más complejidad de la que parece, o más pliegues o recovecos. Lo que yo he observado en la Orden es que a los artistas, me refiero a los frailes artistas, sobre todo a los músicos y pintores, se les mira con un cierto recelo, no tanto a los literatos; pero sobre todo si ellos mismos exageran sus rasgos excéntricos. Por el contrario he conocido algunos de ellos, que, debido a su profunda humildad y sencillez, eran totalmente aceptados por los hermanos y considerados como un gran valor, una joya, para la fraternidad. Por eso no se pueden hacer fácilmente afirmaciones de carácter general. Y a esos hermanos la Orden o fraternidad provincial y local les ha concedido normalmente una gran libertad para dedicarse al arte, y una libertad de movimientos que otros no han tenido. Pero es muy probable que otros vean las cosas de otra forma.

Otra dimensión del arte en la que sí veo un déficit es en la decoración de nuestras casas, nuestras capillas, nuestras iglesias, y en la forma que tenemos de construir o rehabilitar nuestros conventos. Muchas veces nos dejamos aconsejar por quien no sabe nada de nuestra tradición artística, que existe, a la hora de construir y decorar. La belleza capuchina se compone de líneas esenciales y de una decoración austera y sobria hecha de materiales de una cierta nobleza (madera sobre todo), pero sencillos. Los capuchinos hacían frontales de altar decorados con paja que parecía oro, pero no era oro. ¿Y por qué la paja no es un material noble? Es el tallo del cereal… La decoración, el arte, la belleza, es algo que debemos cuidar más, pues contribuyen a hacer la vida más humana y con más sentido.

Madrid -El Pardo En 1612 llegaron por primera vez los capuchinos a El Pardo. En 1615 Felipe III les regaló la imagen del Santísimo Cristo de El Pardo, esculpida por Gregorio Hernández.
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Los Hermanos Menores Capuchinos de España, llevamos un tiempo pensando en cómo orientar nuestra vida en un futuro cercano. En esa reflexión creemos que la minoridad es un elemento clave de nuestra espiritualidad, por eso le hemos dedicado varios encuentros de profundización y sensibilización.

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Alejandro y su cántico a las criaturas

El tiempo aleja la figura de Alejandro Labaka hacia ese fondo brumoso de la historia. Tal vez difumina este personaje, lo vela y desvanece para muchos ecuatorianos. No para mí. Le agradeceré siempre que un día me invitara a vivir con él en ese mundo fascinante de la amazonia ecuatoriana. 

Fascinante, por cierto, es un epíteto que aprendí en sus escritos, al menos para aplicarlo, a su estilo, a gentes como los waorani. Alejandro adjetiva así, en una de las páginas de CRÓNICAS HUAORANI, la sensación que le causa el estar unos días entre ellos. La vida en el interior de un grupo wao que apenas, hasta entonces, había tomado contacto con nadie, fuera de los suyos. Recordémoslo: unas gentes que eran el terror de sus vecinos indígenas y de los trabajadores petroleros. Que utilizaban sus lanzas con mucha determinación, como muestra un buen número de víctimas por esas fechas, y con los que, pese a todo, él se fue a convivir de primeras, sin más protección que su aparente ingenuidad. 

Ahí asoma una de las características más notables de ese personaje, por otro lado, nada ducho en estudios y tertulias antropológicas. No se ha de olvidar que eran tiempos convulsos y apremiantes en Ecuador. Por entonces la vida de esas gentes selváticas, opuestas a las exploraciones petroleras, valían poco más que nada. Eran pocos y estaban en el filo del exterminio. Y esto, su eliminación, no era literatura, sino rigurosamente lo que estaba pasando. Eran tiempos bravos, donde casi nadie en el país prestaba demasiada atención a las muertes en la selva oscura y profunda. Cierto es que en Quito hacía ruido los llamados líderes indígenas y algunos aliados suyos, que se ejercitaban en las incansables denuncias. Pero eran un saludo al sol. Los denunciantes no solían pisar la selva; ninguno de ellos sabría señalar en un mapa la localización aproximada de los grupos ocultos en peligro. 

Todo eso le parecía a Alejandro juegos florales. Él procedía de otra manera: se aproximaba a esas personas amenazadas en cuanto le era posible. Había que estar donde se cocinan las papas. Servir de puente entre intereses contrapuestos y, si eso no resultaba, de escudo para los más débiles. Por eso, su forma de aprender y reflexionar era, con el mayor respeto, convivir con ellos. Hacían falta muchos redaños para eso. Pero es que la valentía física era una cualidad que, de tan evidente en él, ya no sorprendía. La valentía es un bien muy escaso; con frecuencia inversamente proporcional a la facilidad de algunos para los discursos y las denuncias. En sus éxitos evidentes, que los tuvo; probablemente también en su muerte postrera, en Alejandro hay que contar con esta singularidad tan propia.

Pero lo suyo no era solo valor, sino emoción. Utilizo la palabra en su genuino sentido latino, la emoción es un movimiento, nos traslada desde un estado anímico a otro. Y ahí se toca con otra de sus palabras favoritas que ya apuntamos: fascinación, encantamiento. Alejandro estaba encantado, hechizado con la selva y muchos de sus habitantes. No hay más que leer alguna de sus cartas. Vuelvo al paraíso verde… escribe a una amiga quiteña, desde su pueblito natal de Beizama, después de unas breves vacaciones. Beizama es un caserío vasco metido en un calabozo de montes esmeraldas; en primavera, allí refulgen todos los colores del verde. Alejandro, nutrido con esos tonos desde su infancia, nunca pensó que podrían ser superados, …hasta que llegó a la selva, esa sinfonía inacabable de colores, olores, sonidos. Desde ese momento, donde otros veían infierno verde (¡tantas veces se ha descrito así!), él veía paraíso; unos hablaban de laberinto indescifrable, y para él era el cántico innumerable de las criaturas de Dios… 

Ya digo, pura emoción. Alejandro tuvo una revelación en la selva. Como diría Borges, vivió allí otro poema de los dones. El bosque como templo de infinitos sonidos musicales; como indómita comunidad de sus innumerables criaturas vegetales, animales y humanas. Como catedral del todo, de Dios. La grandeza inconmensurable de la selva lo trasladó a sentirse, él mismo, criatura; es decir, a ser, al mismo tiempo, simple ser creado, entre otros y, también, niño pequeño ante semejante grandeza. Leyendo las páginas de su diario ya citado se puede comprobar cómo este hombre fue introducido por la emoción creciente, de un estado de habitual superioridad del ser humano frente a la naturaleza, a otro de auténtica comunión, embelesado por la fuerza incomparable de la amazonia y su belleza. 

Probablemente no conoció lo que Jorge Carrera Andrade dijo en uno de sus versos, con una cortesía exquisita: sólo soy un visitante. Pero lo sentía en el alma. Sólo soy un visitante. En este mundo, entre ustedes. Una visita no más. Hay personas que se sienten convidados a la fiesta de un mundo y de una humanidad que son suyos, pero que sienten que no les pertenecen. Por ello mantienen en cada circunstancia un sentido primoroso del tiempo, de la mesura: aunque en esta casa del mundo tienen mucho a su disposición, nunca olvidan su condición de huéspedes. De estrictos invitados. Según algunas sabias leyendas indígenas amazónicas, tales gentes fueron creadas por un Dios. Ellos sostienen el mundo, lo guardan, le dan calidad y calidez. 

En cambio, los diablos, puestos a rivalizar con Dios en su tarea inventora, crearon los caníbales y otras plagas. Los caníbales viven desde entonces, en muchas formas, de la miseria de otros. Puede usted observarlos a su alrededor, como se ve la bandada de chimbilacos al anochecer, asaltando a los desprevenidos. Incapaces de comprender el sentido del tiempo, estos seres se creen perdurables y únicos, establecen extravagantes diferencias entre los convidados: se sienten superiores a los demás seres, devoran la vida del planeta como si fuera su botín, practican el racismo o la xenofobia, generan éxodos y migraciones.

Alejandro consiguió, con la selva y con alguno de sus habitantes más originales, como eran los grupos waorani de esos años, una conexión progresiva. No era un argumento de defensa meramente racional, el de los derechos humanos. Era bastante más que eso o, al menos, era otra percepción. Se sentía hecho de la misma materia que ese todo ilimitado que le rodeaba. Ya está dicho: hasta llegar a una suerte de encantamiento. Empujado por esa profunda emoción, como en aquella inicial página bíblica, miraba alrededor y casi todo le parecía bueno. Al menos en ese sentido, fue un poeta, si hacemos caso a lo que decía Platón: el poeta es el que dedica la vida a mirar la bondad de Dios y la de los seres humanos, y luego la comunica. 

Pese a la estupefacción de los runas y colonos de la zona, llamaba a aquellos indígenas desnudos hermanos, e insistía en que se tuviera paciencia hasta que esos seres aislados comprendieran el lazo fraterno que los unía a todos. Cuando se refería a las mujeres waorani, que a veces asomaban a expoliar los campamentos petroleros, Alejandro las llamada señoras, mientras los trabajadores se burlaban a sus espaldas. Para los jefes petroleros o autoridades políticas del tiempo el colmo fue que pidiera en sus cartas: El Estado debe firmar un pacto de paz con los waorani y reconocerles sus derechos ancestrales. Se le reían por dentro, mientras le hacían venias: ¿Poner un arco iris en el cielo petrolero, un pacto con esos lluchitos? Le miraban como a un curita pintoresco y extraviado. Por esos salones oficiales de los pasos perdidos soportó innumerables desdenes. Le sonreían de frente, le despreciaban en cuanto les daba la espalda. A menudo le engañaron. En esas lides de la selva petrolera vivió rodeado de caníbales, violentos o apacibles, gentes de aparente buena voluntad que jugaban ávidamente a los negocios, a ser distraídos con el dolor ajeno y a ganar dividendos con el desfalco a los indios ocultos. 

Si uno lee con atención su CRÓNICA comprueba cuánto tiene de himno, semejante al de Francisco a sus creaturas: Laudato Si… Alabado seas, mi Señor, por los hermanos waorani, porque en ellos revive la humanidad algunas de sus páginas primeras: la simplicidad y pureza del desasimiento, la libertad frente a la tiranía del acaparar. Cuando Alejandro adopta el vestido de los waorai, el desnudo, está entrando en ese mundo fascinante. Ve una manera para vivir más honda, más verdadera. Querer tenerlo todo, es no tener nada. Él no tiene nada, para estar con todos. 

Por eso le gustaba especialmente aquella letra que su hermano capuchino, Camilo Múgica, había puesto a una melodía clásica: Sachapi canguimi… La selva es tu mansión, estás ahí en tus criaturas, te veo en todo.

Miguel Ángel Cabodevilla

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