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01/12/2019 La Fiesta de las Fiestas

Con preferencia a las demás solemnidades San Francisco de Asís celebraba con inefable alegría la del nacimiento de Jesús; la llamaba la fiesta de las fiestas. (2Ce 199). Me gusta la percepción y la sensibilidad de Francisco ante esta fiesta siempre especial de la Navidad

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Julián Carlos Ríos Martín. Mediación y reconciliación
Julián, Cuéntame a qué te dedicas

A varias actividades, todas ellas, desde hace 30 años, vinculadas con el acompañamiento  personal y defensa penal de personas en situación de exclusión social. He acogido y convivido en mi casa con más de un centenar de personas con dificultades de drogadicción, marginación, enfermedad, pobreza, inmigración irregular. Trabajo impartiendo clases de Derecho penal en la Universidad Pontifica Comillas; he trabajado como abogado defendiendo a personas presas y a jóvenes con problemas de drogas que delinquieron. 
 
En el año 2000 apareció una inquietud y una apuesta. La inquietud vino provocada porque después de estudiar y trabajar en el sistema penal, me di cuenta que había  conflictos que no eran superados por este sistema que aún siendo necesario, es terriblemente violento. En la mayoría de los casos, ni a quienes defendía les responsabilizaba y, en cambio, les arrojaba a una experiencia de dolor, la mayor parte de las veces, innecesaria e ineficaz. Y a las víctimas, las dejaba abandonadas en sus miedos, impotencia, incomprensión y dolor. La apuesta fue intentar incorporar otra clave: la no violencia y la verdad que personaliza, que permite comprender, sanar, y facilita la visibilización del ser. Así que comencé junto a otros compañeros otro proyecto sobre mediación entre víctima e infractor en los juzgados penales. Con el apoyo del Consejo General del Poder Judicial logramos que se instaurase este sistema en más 120 juzgados en toda España. Y, en los últimos años, pude adentrarme en el mundo de la reconciliación entre personas que habían pertenecido a ETA y víctimas de sus atentados, entre quien vendió los explosivos del 11-m y una víctima que iba en el tren y sobrevivió, entre la hermana de una persona torturada y enterrada en cal vivía por el GAL y un ex policía, y ahora, entre víctimas de abuso sexual en la iglesia y sus victimarios.
 
En que consiste la mediación que realizas

A priori puede parecer sencillo, pero cuando una persona agrede a otra, ambas quedan relacionadas. Cuanto más grave es la agresión, más intensa es la vinculación entre ambas. Pierden la paz; las víctimas ganan en odio, venganza; los victimarios, en indiferencia y autojustificación de su agresión. Ambos, en último extremo, se llenan de malestar que puede llevar a la enfermedad. Posiblemente ambos  necesitarán separarse, soltando este vínculo desde un proceso complejo que puede finalizar con el perdón. 
 
Este proceso no es sencillo. Pareciera que una cuerda elástica, invisible y anclada emocionalmente en el cuerpo de una y otra persona les siguiera relacionando en un nivel inconsciente. No pueden huir. Buscan distanciarse y durante un tiempo esto resulta útil para amortiguar el impacto emocional del conflicto o la agresión; y sin embargo, esta distancia en espacio y tiempo no diluye tal vínculo. Esta vinculación se da, no solo en los delitos graves, sino también en los conflictos cotidianos. Animo al lector a reflexionar si tiene algún tema no resuelto con alguna persona y siente que continúa vinculado con ella, aún sin desearlo. Cuando hablo de seguir vinculado me refiero a que esa otra persona, en lugar de despertarme indiferencia o una respuesta emocional neutra, sigue evocando sentimientos de enfado, tristeza, miedo, etc. 
 
Así, cuando se trata de delitos, es frecuente que las personas acaben emocionalmente agotadas. Conozco víctimas que se vieron ahogadas por el odio, la ira, la desconfianza y el miedo. Estos sentimientos fueron emocionalmente funcionales, pero con el paso de los años, se vuelven disfuncionales y es necesario re-significarlos. Estos sentimientos escapan al proceso judicial; la sentencia, pero no se llega a satisfacer las necesidades emocionales de las que hablamos; en sí misma no es suficiente. También he conocido autores de delitos graves que han asumido su responsabilidad a lo largo del cumplimiento de la pena. Han necesitado expresar ante la víctima su toma de conciencia y reparar el daño causado.  Recuerdo a Luis, un preso que abandonó ETA, con el que trabajamos en un encuentro restaurativo con la viuda de la persona que asesinó, expresó: “Poder estar con el familiar de la víctima del atentado en el que yo participé directamente o con otros familiares de víctimas del terrorismo, tener ocasión de escuchar sus impresiones y sus testimonios, me permitió reevaluar racionalmente numerosas cuestiones de carácter ético y emocional y, acercarme a una realidad largamente eludida, que siempre estuvo ahí, de la que durante largo tiempo traté de escapar (…) para que pudieran encajar en mi relato y para que pudieran encontrar acomodo en mi conciencia (…) El encuentro con estas personas… representó un hito, un antes y un después, en mi trayectoria de depuración ética”.

¿Cómo se desarrolla este proceso?

Mi experiencia es a través de procesos restaurativos. Son encuentros de comunicación ética. Buscan potenciar el valor de la paz. Descansan sobre la responsabilidad, la autonomía, la honestidad y la alteridad. Tienen como instrumento la palabra y la escucha; en definitiva, el diálogo. 
 
Para su inicio, se necesita determinar el momento vital y psicológico de cada persona interesada. Dos premisas de partida: por un lado, la capacidad de devolver al otro la cualidad de interlocutor válido, más allá del prejuicio. Por otro, tener la capacidad de cuestionar las propias creencias o autojustificaciones para abrirse a la verdad, aunque sea incómoda.
 
En los casos de terrorismo en que trabajé, quien había asesinado tenía que cumplir la pena conforme a la legislación penitenciaria; sentir profundamente el daño causado tras derrumbarse la justificación ideológica; reconocer la humanidad de la víctima que fue negada para cometer el delito; abandonar emocional y formalmente el grupo terrorista en el que se amparó para cometer los crímenes; rechazar cualquier uso de violencia y ofrecer, no sólo, garantías de no repetición, sino también, honestidad en el encuentro
 
Quien había sido víctima también requería su tiempo; a veces, el paso de varios años. Necesitaba tener la certeza de que la autoridad judicial estaba aplicando la ley y que su agresor asumía la responsabilidad personal del daño, conocer los hechos expuestos por el agresor que le ayudasen a completar la verdad del relato y la elaboración de la memoria; narrar al agresor las terribles consecuencias del delito en todos los niveles de su vida: el desgarro de la piel y el corazón, el sufrimiento que acompaña día y noche, los recuerdos que impiden situarse en el presente, la sin razón que impide conciliar el sueño y vivir con serenidad, la modificación irremediable del futuro personal y familiar, la invasión de la pesadumbre, la tristeza y la aflicción que oscurecen cada momento cotidiano. 
Cuando las personas están preparadas para encontrarse, han de fijar una fecha y un lugar significativo. Han de saber que es una oportunidad para trascender los distintos sentimientos anclados desde hace tiempo y por tanto, encontrar un poco más de paz. 
 
¿Con este encuentro restaurativo que acontece posteriormente?
 
A partir del encuentro, ¿qué puede suceder cuando dos personas que mutuamente se han agredido, o una a otra, han escuchado desde la apertura del corazón la narrativa del sufrimiento causado o sufrido? ¿Qué consecuencias tiene la construcción entre ambas del complejo y multifactorial relato de la verdad? ¿Qué puede ocurrir cuando una persona observa a la propia familia, al propio grupo, a sus creencias y a la vez a las del otro y reconoce, aun siendo diferente, que comparten la misma naturaleza y, por tanto, merecen el mismo respeto? ¿Qué puede suceder si ambos abren un lugar en el corazón, con todo lo que significa? ¿Es posible ceder en la superioridad y dar al otro un lugar de igualdad para tomar conciencia desde la palabra y la escucha de la vulnerabilidad humana? ¿Se puede llegar a alcanzar un estado de identificación humana que permita el desmantelamiento del odio? He podido comprobar que, incluso en delitos gravísimos, la respuesta no deja lugar a dudas: la humanidad y la compasión han aparecido y la vinculación inconsciente, se ha disuelto. Ha aparecido la paz. 
 
¿Qué es el perdón para ti?
 
El perdón es un misterio. Pedirlo y concederlo, sin más, no cierra las heridas. Esta concepción, parte de una situación de poder de quien lo concede y de una posición de sumisión de quien lo obtiene. Este desequilibrio no ayuda a la paz. 
 
El perdón es la culminación silenciosa de un proceso restaurativo. Es un perfume que aromatiza gracias a la autonomía de las personas ofensoras y ofendidas que hacen aflorar la compasión, a través del reconocimiento de la mutua humanidad. Este proceso pleno de silencios, de palabras y escuchas emocionadas, permite que lo excluido se integre, que el pasado manifestado en el presente, sane, que la vivencia de fracaso se transforme en aprendizaje y esperanza, y que el odio se disuelva, como una figura de barro seca depositada en el mar, para que la paz aparezca. A partir del perdón, las personas quedan liberadas entre sí, para continuar su camino.
 
He aquí el misterio más profundo que he experimentado. En el fondo, todos dependemos de la compasión e indulgencia de otros. Si sufrir un delito es terrible, dramático es tener que sostener el peso de la responsabilidad de haber agredido a otro. En mi experiencia, algunos agresores comparten la impotencia de las víctimas, y viceversa. En esta impotencia compasiva, no hay juicio. Los seres humanos nos mantenemos humildes y pequeños. La compasión es silenciosa. El perdón también. El odio y la culpa se disuelven en el Misterio. Este proceso se alcanza a sentir solo desde el corazón. La mente tiene poco protagonismo en este asunto. 
 
Sin duda, la experiencia más clara de perdón que he conocido, se produjo el día 29 de julio de 2015, fecha del aniversario del asesinato de Juan María Jáuregui, político socialista y marido de Maixabel Lasa. Años después de su asesinato, Esther Pascual dirigió un encuentro restaurativo entre Maixabel y quien participó en la muerte de Juan María. Pues bien, 15 años después con motivo del aniversario, Ibon, que estaba de permiso penitenciario, conducía en coche a Maixabel al lugar del homenaje y él mismo asistió llevando un ramo con 14 rosas rojas y una blanca. Catorce por cada uno de los años que había faltado y una, porque a partir de ese día rendirá homenaje a su víctima. Tiene el coraje de enfrentarse a esta toma de conciencia y de hacerse presente entre el dolor de la familia, amigos y allegados. Esta es la reconciliación que abre paso a la dignidad y a la memoria pacificada.
 
Me gustaría que, sin poner nombres, contaras alguna experiencia que haya marcado tu trayectoria profesional y quizá personal

Muy resumidamente, porque estos procesos son largos y llenos de vicisitudes. Una mañana, a principios de febrero de 2013 nos desplazarnos hasta la cárcel del Dueso en Santoña. Allí se encontrarían, frente a frente, quien fue condenado por vender 200 kilos de explosivos a unos árabes que los utilizaron para hacer volar los trenes en tres estaciones de cercanías en Madrid, y una de las personas que viajaba en uno de ellos la mañana de 11 de marzo de 2004. Su vagón quedó destrozado por la explosión. Llevábamos cuatro meses preparando este momento. Jesús necesitaba encontrarse con el responsable de la venta de los explosivos para saber más, para alcanzar la verdad de los detalles del atentado. Necesitaba obtener respuestas a preguntas sin contestar, a dudas que quedaron sin resolver porque los hechos probados de la sentencia no colmaron esta necesidad. Jesús también necesitaba reprochar e informar del sufrimiento generado y soportado a quien estuvo en el origen del atentado. 
 
Una mañana cogió el tren para ir al Ministerio en el que trabajaba. En la estación del Pozo del tío Raimundo, el tren en el que viajaba explotó. El vagón se partió en dos y, sobre él, cayó una barra. Perdió la conciencia… Lo más terrible, dijo, fue saber que su familia le buscó durante cuatro días de hospital en hospital hasta que le encontraron. 
 
Entre rejas, estaba Emilio. Desde que ocurrieron los hechos, no se había abierto a un espacio de introspección personal. Cuando lo hizo, las desgarradoras consecuencias de la venta de explosivos le gritaban tan fuertemente que le impedían conciliar el sueño. Esos gritos ahogados le retumbaron hasta derribar sus muros mentales autoexculpatorios. En ese tiempo sintió la necesidad de reparar el intenso sufrimiento provocado. La única forma en que podía hacerlo era narrando su participación en los hechos, a quien le quisiera escuchar. Hasta ese momento, y durante seis años, había negado su participación. Había ahogado la realidad de lo ocurrido entre sedantes, para huir de su propia presencia. Emilio necesitaba conocer el alcance de tanto daño causado, no por los periódicos, sino a través de quien lo había sufrido
 
Nos entrevistamos con él en el penal del Dueso. Necesitábamos trasmitirle las claves del encuentro, sus normas y límites; también constatar que había asumido su responsabilidad. Le hablamos de la necesidad de que abordase este encuentro desde la honestidad y la verdad; con una actitud de acogida y escucha desde el corazón. Habíamos aprendido, por la experiencia en los encuentros entre víctimas de ETA y sus agresores, que la verdad y la escucha sincera podía aliviar la intensidad del sufrimiento. 
 
Llegamos a la puerta del penal. Se abrió el enorme portón de hierro que permitía acceder al extenso recinto dentro del cual se encontraba el centro penitenciario. Aparcamos el coche, bajamos y entregamos nuestros carnets de identidad. Esperamos cinco minutos hasta que apareció Carlos, el director. Juntos nos desplazamos por un estrecho camino hasta los edificios.
 
Se dieron la mano sin que sus miradas se encontrasen. Se sentaron uno frente a otro. El encuentro duró tres horas. Al finalizar, el director nos llevó a su despacho para firmar un acta que acreditaba la realización del acto que habíamos llevado a cabo. Nos dirigimos al coche, recogimos nuestros carnets y, tras pasar el enorme y pesado portón de hierro, regresamos a Madrid.
 
En el camino de vuelta, Jesús nos expresó que lo vivido constituía el final de un itinerario, hasta entonces incompleto, de reconocimientos jurídicos, políticos y colectivos. Con este reconocimiento personal, el más íntimo, el que no se puede suplir por ningún otro, le había devuelto cierta serenidad. 
 
¿Qué te gustaría contar a nuestros lectores y olvidé preguntarte?
 
Sí, una cuestión de experiencia personal desde la reconciliación con uno mismo. Esta es, para mí, una experiencia de integración personal de mis contradicciones mentales y de mis impulsos naturales; de acogida de mis partes sanas y heridas, propias y ajenas –tolerancia–; de aceptación de mi realidad, que no es sinónimo de conformismo, sosteniendo desde el elocuente silencio lo que en cada momento aparece en mi mente interna y en la realidad externa del mundo que habito a diario; de desprendimiento no sólo de mi imagen de mi personaje que tanto somete y esclaviza, sino también de las cosas materiales superfluas, que lo son en su mayoría de las que creo imprescindibles; de denuncia de las estructuras que generan sufrimiento; de cultivo del silencio y de la tierra. La propia y la de todos, sin fronteras. 
 
La reconciliación necesita la despedida de mi pasado, que no equivale a olvido. Precisa cerrar la puerta a cada etapa vital, pero sin salir de cualquier modo, sino sólo después de agradecer e integrar el aprendizaje vital por lo experimentado, haya sido positivo, divertido, creativo, o doloroso. Exige abandonarme a la confianza de la vida, que no supone renunciar a planificar ni a soñar. 
 
Mi experiencia de estos años ha sido parcial y limitada. Ha partido del encuentro personal con la gente que sufre, con su parte más quebrada y destruida, con el lugar donde habita el miedo, la incertidumbre y la violencia, y ahí, justo ahí…. he encontrado la lealtad, la verdad, el cariño y el enorme potencial para la pacificación interna y externa. En ese lugar privilegiado, tanto social, como personal, descubrí algo profundo de mí: la capacidad de compasión. Lo percibo como un sentimiento que va más allá de la empatía, y que se vincula desde algo más profundo y común que nos une a todas las personas: la naturaleza humana. Y no han sido pocas las veces que ese sentimiento me ha revelado la existencia de Dios. 
 
Gracias Julián por tu testimonio y trabajo en pro de la reconciliación
Granada Oficialmente, dada su proximidad al Hogar Fray Leopoldo, este convento está declarado como enfermería provincial.
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Los Hermanos Menores Capuchinos de España, llevamos un tiempo pensando en cómo orientar nuestra vida en un futuro cercano. En esa reflexión creemos que la minoridad es un elemento clave de nuestra espiritualidad, por eso le hemos dedicado varios encuentros de profundización y sensibilización.

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Alejandro y su cántico a las criaturas

El tiempo aleja la figura de Alejandro Labaka hacia ese fondo brumoso de la historia. Tal vez difumina este personaje, lo vela y desvanece para muchos ecuatorianos. No para mí. Le agradeceré siempre que un día me invitara a vivir con él en ese mundo fascinante de la amazonia ecuatoriana. 

Fascinante, por cierto, es un epíteto que aprendí en sus escritos, al menos para aplicarlo, a su estilo, a gentes como los waorani. Alejandro adjetiva así, en una de las páginas de CRÓNICAS HUAORANI, la sensación que le causa el estar unos días entre ellos. La vida en el interior de un grupo wao que apenas, hasta entonces, había tomado contacto con nadie, fuera de los suyos. Recordémoslo: unas gentes que eran el terror de sus vecinos indígenas y de los trabajadores petroleros. Que utilizaban sus lanzas con mucha determinación, como muestra un buen número de víctimas por esas fechas, y con los que, pese a todo, él se fue a convivir de primeras, sin más protección que su aparente ingenuidad. 

Ahí asoma una de las características más notables de ese personaje, por otro lado, nada ducho en estudios y tertulias antropológicas. No se ha de olvidar que eran tiempos convulsos y apremiantes en Ecuador. Por entonces la vida de esas gentes selváticas, opuestas a las exploraciones petroleras, valían poco más que nada. Eran pocos y estaban en el filo del exterminio. Y esto, su eliminación, no era literatura, sino rigurosamente lo que estaba pasando. Eran tiempos bravos, donde casi nadie en el país prestaba demasiada atención a las muertes en la selva oscura y profunda. Cierto es que en Quito hacía ruido los llamados líderes indígenas y algunos aliados suyos, que se ejercitaban en las incansables denuncias. Pero eran un saludo al sol. Los denunciantes no solían pisar la selva; ninguno de ellos sabría señalar en un mapa la localización aproximada de los grupos ocultos en peligro. 

Todo eso le parecía a Alejandro juegos florales. Él procedía de otra manera: se aproximaba a esas personas amenazadas en cuanto le era posible. Había que estar donde se cocinan las papas. Servir de puente entre intereses contrapuestos y, si eso no resultaba, de escudo para los más débiles. Por eso, su forma de aprender y reflexionar era, con el mayor respeto, convivir con ellos. Hacían falta muchos redaños para eso. Pero es que la valentía física era una cualidad que, de tan evidente en él, ya no sorprendía. La valentía es un bien muy escaso; con frecuencia inversamente proporcional a la facilidad de algunos para los discursos y las denuncias. En sus éxitos evidentes, que los tuvo; probablemente también en su muerte postrera, en Alejandro hay que contar con esta singularidad tan propia.

Pero lo suyo no era solo valor, sino emoción. Utilizo la palabra en su genuino sentido latino, la emoción es un movimiento, nos traslada desde un estado anímico a otro. Y ahí se toca con otra de sus palabras favoritas que ya apuntamos: fascinación, encantamiento. Alejandro estaba encantado, hechizado con la selva y muchos de sus habitantes. No hay más que leer alguna de sus cartas. Vuelvo al paraíso verde… escribe a una amiga quiteña, desde su pueblito natal de Beizama, después de unas breves vacaciones. Beizama es un caserío vasco metido en un calabozo de montes esmeraldas; en primavera, allí refulgen todos los colores del verde. Alejandro, nutrido con esos tonos desde su infancia, nunca pensó que podrían ser superados, …hasta que llegó a la selva, esa sinfonía inacabable de colores, olores, sonidos. Desde ese momento, donde otros veían infierno verde (¡tantas veces se ha descrito así!), él veía paraíso; unos hablaban de laberinto indescifrable, y para él era el cántico innumerable de las criaturas de Dios… 

Ya digo, pura emoción. Alejandro tuvo una revelación en la selva. Como diría Borges, vivió allí otro poema de los dones. El bosque como templo de infinitos sonidos musicales; como indómita comunidad de sus innumerables criaturas vegetales, animales y humanas. Como catedral del todo, de Dios. La grandeza inconmensurable de la selva lo trasladó a sentirse, él mismo, criatura; es decir, a ser, al mismo tiempo, simple ser creado, entre otros y, también, niño pequeño ante semejante grandeza. Leyendo las páginas de su diario ya citado se puede comprobar cómo este hombre fue introducido por la emoción creciente, de un estado de habitual superioridad del ser humano frente a la naturaleza, a otro de auténtica comunión, embelesado por la fuerza incomparable de la amazonia y su belleza. 

Probablemente no conoció lo que Jorge Carrera Andrade dijo en uno de sus versos, con una cortesía exquisita: sólo soy un visitante. Pero lo sentía en el alma. Sólo soy un visitante. En este mundo, entre ustedes. Una visita no más. Hay personas que se sienten convidados a la fiesta de un mundo y de una humanidad que son suyos, pero que sienten que no les pertenecen. Por ello mantienen en cada circunstancia un sentido primoroso del tiempo, de la mesura: aunque en esta casa del mundo tienen mucho a su disposición, nunca olvidan su condición de huéspedes. De estrictos invitados. Según algunas sabias leyendas indígenas amazónicas, tales gentes fueron creadas por un Dios. Ellos sostienen el mundo, lo guardan, le dan calidad y calidez. 

En cambio, los diablos, puestos a rivalizar con Dios en su tarea inventora, crearon los caníbales y otras plagas. Los caníbales viven desde entonces, en muchas formas, de la miseria de otros. Puede usted observarlos a su alrededor, como se ve la bandada de chimbilacos al anochecer, asaltando a los desprevenidos. Incapaces de comprender el sentido del tiempo, estos seres se creen perdurables y únicos, establecen extravagantes diferencias entre los convidados: se sienten superiores a los demás seres, devoran la vida del planeta como si fuera su botín, practican el racismo o la xenofobia, generan éxodos y migraciones.

Alejandro consiguió, con la selva y con alguno de sus habitantes más originales, como eran los grupos waorani de esos años, una conexión progresiva. No era un argumento de defensa meramente racional, el de los derechos humanos. Era bastante más que eso o, al menos, era otra percepción. Se sentía hecho de la misma materia que ese todo ilimitado que le rodeaba. Ya está dicho: hasta llegar a una suerte de encantamiento. Empujado por esa profunda emoción, como en aquella inicial página bíblica, miraba alrededor y casi todo le parecía bueno. Al menos en ese sentido, fue un poeta, si hacemos caso a lo que decía Platón: el poeta es el que dedica la vida a mirar la bondad de Dios y la de los seres humanos, y luego la comunica. 

Pese a la estupefacción de los runas y colonos de la zona, llamaba a aquellos indígenas desnudos hermanos, e insistía en que se tuviera paciencia hasta que esos seres aislados comprendieran el lazo fraterno que los unía a todos. Cuando se refería a las mujeres waorani, que a veces asomaban a expoliar los campamentos petroleros, Alejandro las llamada señoras, mientras los trabajadores se burlaban a sus espaldas. Para los jefes petroleros o autoridades políticas del tiempo el colmo fue que pidiera en sus cartas: El Estado debe firmar un pacto de paz con los waorani y reconocerles sus derechos ancestrales. Se le reían por dentro, mientras le hacían venias: ¿Poner un arco iris en el cielo petrolero, un pacto con esos lluchitos? Le miraban como a un curita pintoresco y extraviado. Por esos salones oficiales de los pasos perdidos soportó innumerables desdenes. Le sonreían de frente, le despreciaban en cuanto les daba la espalda. A menudo le engañaron. En esas lides de la selva petrolera vivió rodeado de caníbales, violentos o apacibles, gentes de aparente buena voluntad que jugaban ávidamente a los negocios, a ser distraídos con el dolor ajeno y a ganar dividendos con el desfalco a los indios ocultos. 

Si uno lee con atención su CRÓNICA comprueba cuánto tiene de himno, semejante al de Francisco a sus creaturas: Laudato Si… Alabado seas, mi Señor, por los hermanos waorani, porque en ellos revive la humanidad algunas de sus páginas primeras: la simplicidad y pureza del desasimiento, la libertad frente a la tiranía del acaparar. Cuando Alejandro adopta el vestido de los waorai, el desnudo, está entrando en ese mundo fascinante. Ve una manera para vivir más honda, más verdadera. Querer tenerlo todo, es no tener nada. Él no tiene nada, para estar con todos. 

Por eso le gustaba especialmente aquella letra que su hermano capuchino, Camilo Múgica, había puesto a una melodía clásica: Sachapi canguimi… La selva es tu mansión, estás ahí en tus criaturas, te veo en todo.

Miguel Ángel Cabodevilla

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