Tríptico -Jesús de Medinaceli- obra de Florencio Maíllo

Tríptico -Jesús de Medinaceli- obra de Florencio Maíllo

Florencio Maíllo nació en el año 1962 en Mogarraz, un pequeño pueblo de la comarca salmantina de la Sierra de Francia. Se trata de una comarca muy particular, una zona de montaña al Sur de Salamanca límite con la comarca cacereña de Las Hurdes. Como consecuencia de su orografía es un territorio que históricamente se mantuvo muy aislado, cuestión que le permitió conservar su particular identidad y costumbres. Entre estas peculiaridades destacan la configuración arquitectónica de sus localidades, hoy seis de ellos son Conjunto Histórico Artístico como el propio Mogarraz, además de, el primer pueblo declarado en España Monumento Nacional, en el año 1940, La Alberca.  

Uno de los elementos que marcó su infancia es ser hijo de herrero y labrador. Todos su antepasados se dedicaron a la forja y a las labores del campo y, ¡cómo no!, sus padres deseaban que él también continuara con la tradición familiar. Esta específica formación de padre a hijo que vivió hasta su adolescencia, ayudando en las labores de la fragua y del cultivo del entorno, desarrolló en él una especial sensibilidad por la tierra y la materia ferruginosa, por la tierra y el fuego, que siempre ha estado presente en su obra plástica.

A los catorce años me convertió en “emigrante”, Cristina, su hermana mayor, le llevó a Miranda de Ebro (Burgos) para estudiar. Allí realizó la especialidad de matricero y forjó sus mejores amigos que hoy conserva. Tras el bachillerato realizó la carrera de Bellas Artes en la Facultad de Bilbao. 

Florencio, háblanos sobre tu actividad profesional.

Tras mi licenciatura en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, a finales de los ochenta, me he dedicado a la enseñanza. Inicialmente como profesor de instituto y desde 1991 en la Facultad de Educación de la Universidad de Salamanca, Universidad en la que me doctoré, y, en la que también dirijo en la Facultad de Bellas Artes dos master en Arquitectura y Diseño de Interiores y en Regeneración Urbana y Rehabilitación y Diseño. 

Mi labor docente está orientada a la formación de futuros maestros y profesores de secundaria en el área de Educación Artística. Creo que esta labor es fundamental en un momento como el actual, donde todo lo que tiene que ver con las educaciones artísticas han ido perdiendo presencia en las últimas décadas en los sucesivos currículos educativos.

En la medida de lo posible siempre intento transmitir en mis clases una máxima que me enseñó en mi adolescencia mi maestro en la pintura, Teófilo Galende, que no es otra que apostar por una motivación permanente en positivo hacia el alumno, intentando valorar lo mejor que cada uno de ellos posee. Y todo ello favoreciendo una educación en valores donde se compartan las experiencias en un ambiente cooperativo.  

¿Cómo se gesta esa trayectoria en el mundo del arte?

Allí, en mi pequeño pueblo, Mogarraz, comenzó en mi infancia la atracción por el arte y especialmente por la pintura, observando el trabajo de magníficos pintores que cada año se acercaban para pintarlo. La comarca de la Sierra de Francia, y fundamentalmente La Alberca, Las Batuecas y la comarca aledaña de Las Hurdes, a lo largo de la primera mitad de siglo XX se convirtió en un polo de atracción para viajeros y pintores, de ello se benefició Mogarraz al que se acercaban infinidad de artistas para captar sus pintorescos rincones.

Un fragmento de su blog: 
https://fmaillo.blogspot.com.es/2014/11/sucedio-en-verano-teofilo-galende.html 

Jamás olvidaré el verano de 1977, una mañana de agosto de ese año Teófilo Galende Fincias (Tábara, Zamora, 1930 – Salamanca, 2003), artista de la congregación de los agustinos y restaurador con estudio en la Torre de la Botica del Real Monasterio del Escorial, recaló en Mogarraz para pintar en sus cuadros las calles de nuestra localidad. Teófilo encontró hospedaje y su casa junto a nuestra familia, y, como uno más, cada agosto regresaba a su cita estival.

Desde comienzos de los años setenta mi madre, Francisca Cascón Herrera (1925-2014, Mogarraz), había puesto en marcha, precariamente, una incipiente hospedería que poco después se convertiría en el Restaurante Mirasierra. Todos los veranos, además de Teófilo, se quedaban en nuestra casa varios artistas que periódicamente, aprovechando el magnífico tiempo veraniego de la Sierra de Francia, inmortalizaban en sus cuadros nuestras pintorescas calles y personajes.

En 1977 pinté mi primer cuadro del natural, La Fuente de Arriba; el lienzo y las pinturas me las dejó Teófilo y lo realicé junto a él. Sin duda, fue el mejor Maestro que cualquiera desearía para uno mismo, su conocimiento sobre las técnicas pictóricas era inagotable, y su actitud siempre positiva e impregnada de una infinita bondad.

Tras mi licenciatura en Bellas Artes desarrollé un tipo de obra plástica caracterizada por el uso de la materia con fuertes connotaciones emocionales, ya que los materiales que comencé a usar desde ese momento los recogía previamente en la propia naturaleza, o en escenarios donde son considerados como desechos.

En estas dos últimas décadas he desarrollado varios proyectos pictóricos y de escultura. Uno de esos momentos más especiales en mi trayectoria fue en 1995 cuando recogí de manos de Su Majestad la Reina Doña Sofía el Primer Premio de Pintura BMW. 

Una buena parte de mis proyectos artísticos de los últimos años están vinculados con Mogarraz, considero que es importante apostar por el medio rural, para en la medida de nuestras posibilidades contribuir en la preservación y consolidación de su memoria e identidad. Allí pueden verse mis realizaciones escultóricas más significativas Memorias de esta Tierra (2006) y Cruz de Mingo Molino (2007) ubicada en el Camino del Agua. En pintura también pueden disfrutarse en Mogarraz la instalación Retrata2-388 y El Bautismo de Jesús en el Baptisterio de la Iglesia.

Y en esta trayectoria, ¿Cómo conoces a los capuchinos y cómo surge la idea de hacer una obra para ellos?

Visito asiduamente Madrid desde comienzos de los años ochenta, por entonces viajaba bastante a menudo desde Bilbao en mi época de estudiante, para ver los museos de la capital y las grandes exposiciones temporales. En estas visitas siempre me llamo especialmente la atención las largas colas que se generaban para entrar a la Iglesia de Jesús de Medinaceli. No fue hasta 2005 en mi primera visita a Madrid con María José, mi mujer, la ocasión en la que descubrí la imagen de Jesús de Medinaceli. Ella la conocía ya que la había visitado varias ocasiones junto a su madre cuando venían de Salamanca. 

La idea de pintar el retrato de Jesús de Medinaceli es fruto del azar. Un tiempo atrás, realicé el retrato del musicólogo Don Antonio Cea, cuando éste junto a su hijo, Antonio Cea Gutiérrez, visitaron la instalación Retrata2-388 en Mogarraz. Este retrato de Don Antonio Cea lo vio por fortuna el padre Capuchino Benjamín Echeverría en la tienda donde lo estaban enmarcando. También es casualidad que tras ese primer interés de  padre Benjamín por el retrato que había visto, le resultara atractivo hasta el punto que preguntase por su autor, así como, que no cesase en el intento hasta que un día finalmente contactó conmigo para contarme su proyecto.

El padre Benjamín me manifestó su interés por mi pintura y por el lenguaje plástico con el que afrontaba mis retratos y me ofreció retratar a Jesús de Medinaceli. He de decir, en honor a la verdad, que el encargo me impresionó pero a la vez me sentía profundamente honrado, todo ello con una gran carga de responsabilidad. Un año atrás ya había retratado a Jesús para la iglesia de Mogarraz y esto facilitó el modo de afrontar el proyecto, ya que lo disfruté de un modo muy especial.

(Fragmento de mi blog)
https://fmaillo.blogspot.com.es/2015/04/el-bautismo-de-jesus.html 

Florencio Maíllo, “El Bautismo de Jesús”, 300x300 cm., (345x345 cm. enmarcado), encáustica sobre chapa metálica, 2015. Iglesia Parroquial Nuestra Señora de las Nieves de Mogarraz, Salamanca.

¿En qué consiste esta obra de Jesús de Medinaceli, qué técnica has aplicado y qué sentimientos han aflorado en su desarrollo?

Una vez asumido el encargo me centré en estudiar la expresión del rostro de Jesús de Medinaceli y fundamentalmente la expresión de sus ojos, que me sirviese para dialogar con él en las posteriores imágenes que iría realizando. La escultura original de Jesús fue la referencia en todo momento, su fisionomía y la localización, prestando un especial interés por la expresividad de serenidad y nobleza que transmite.  

Para la primera obra de gran formato elegí el mismo soporte y técnica que usé para la realización del bautismo de Jesús de Mogarraz, encáustica sobre chapa metálica. Se trató de una obra de lenta ejecución aunque aparentemente abocetada en su concreción final, tiene una presencia de obra expresionista, por el uso saturado del color y por la expresividad de la aplicación de la pintura mediante grandes manchas, plana y con una gran riqueza cromática. La idea final es la de majestuosidad, retrato centrado en el rostro, solamente rostro, descartando en el retrato cualquier elemento que debilitase la expresividad de la mirada. La angulación de la composición es mediante un contrapicado para facilitar la comprensión del retrato, ya que es la posición con la que acostumbramos a ver la talla de Jesús  en la iglesia y en las procesiones. 

Una vez definida la expresión del rostro y la mirada de Jesús de Medinaceli y, tras hablar con Antonio Cea Gutiérrez, investigador y gran conocedor de la iconografía cristiana, me propuso la realización de una “Verónica”. El antropólogo Antonio Cea Gutiérrez, discípulo de Don Julio Caro Baroja, es Profesor de Investigación Emérito en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Aquí surgió la necesidad de de-construir la imagen primera en una segunda obra, mediante grandes y sugerentes manchas, esencializando el rostro. La de-construcción me permitiría abordar el rostro desde la mancha para integrarlo de un modo más natural en la toca de Marcela, llamada desde entonces la Verónica. Este segundo retrato, realizado con técnica acrílica sobre aluminio, me facilitó la elaboración de la obra final, el tríptico. En el exterior del mismo, con las puertas cerradas, aparece la Verónica como una imagen devocional.

¿Qué deseas comunicar con esta obra?

En el tríptico se sintetizan tres aspectos muy diferenciados vinculados con la Pasión de Jesús. Como he señalado anteriormente, en el exterior del mismo con las puertas cerradas podemos observar el rostro de Jesús de Medinaceli sobre la toca de la Verónica. La toca de la Verónica está suspendida sobre un fondo oscuro neutro que nos proyecta sobre la iconografía tradicional de su representación, enfatizada en la elección de un modelo canónico de la Verónica, el de Francisco de Zurbarán, para si se nos permite, insertar la obra en el apropiacionismo tan característico de la época posmoderna. 

Al abrir las puertas del tríptico se desvela un segundo retrato de Jesús, en esta ocasión se trata de un perfil orientando su mirada hacia nuestra derecha. La imagen de Jesús resuelta con pinceladas largas nos sugiere movimiento, como si avanzase ante nosotros, para transmitir la idea de que Jesús pasa por nuestras vidas. Su expresividad es de paz y serenidad con esa mirada tan característica de la talla de Jesús de Medinaceli, potenciada por la composición en ligero contrapicado.

En las contrapuertas aparecen representados una selección de los símbolos de la Pasión de Cristo o Improperios. En el interior de ambas puertas enmarcando el panel central podemos observar la columna donde Jesús fue mandado azotar. En la puerta derecha vemos las escaleras utilizadas para descender el cuerpo de Jesús, el martillo que se utilizó para clavar las manos y pies con los tres clavos y las tenazas para extraerlos, y en la parte baja el lavatorio de Pilatos y el gallo que cantó dos veces antes de que San Pedro le negara tres veces a Jesús. Este gallo es un guiño a Salamanca ya que se trata del gallo de la veleta de la cúpula de su Catedral Románica. En la puerta de nuestra izquierda están representados el resto de símbolos, la lanza con la que el centurión Longinos  traspasó el costado de Cristo, la caña con una esponja con la que le dieron a beber vinagre, el látigo de los azotes con el que Jesucristo recibió los 39 latigazos, las treinta monedas que recibió Judas Iscariote y la mano de Caifás que representa a los que golpearon a Jesús y, finalmente, La corona de espinas. En ambas puertas aparecen representados dos animales asociados con la Pasión de Jesús, la golondrina y la lagartija. Sobre la corona de espinas esta posada una golondrina, ello simboliza que éstas aliviaron el sufrimiento de Jesús arrancando con sus picos las espinas de la corona que herían su frente. Las lagartijas lamieron en el suelo la sangre de Jesús que se derramaba por sus heridas.

Pincha aquí si deseas ver a Florencio Maíllo exponiendo su obra

¿Un comentario final?
 
Es un inmenso honor para mí que estas pinturas entren a formar parte del legado artístico de los Capuchinos en la Iglesia de Jesús de Medinaceli. Deseo manifestar mi agradecimiento al padre Benjamín y a Antonio Cea, así como, a todas aquellas personas que me han permitido llevar a cabo la realización de este proyecto tan especial. Es mi deseo que las obras sean disfrutadas por quienes a ellas se acerquen. Mil gracias. 

En la firma del retrato de la Verónica dice:
VERA   EFIGIES   DOMINI  NOSTRI  JHESUCHRISTI  DE  MEDINACELI   A  FLORENTIVS MAILLO  PICTA. ANNO  MMXVI 

Aprovecho para invitarles a visitar la exposición “Florencio Maíllo. Del Jardín del Bosco” que en estas fechas muestro muy cerca de la Iglesia de Jesús de Medinaceli, en concreto en el Museo Nacional de Artes Decorativas, en la Calle Montalbán.

 

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