Antxón Amunarriz. Colaborador en la ESEF

Antxón Amunarriz. Colaborador en la ESEF

Antxón, te invito a presentarte.

Soy un hondarrabitarra de 75 años. Procedo de un hogar muy religioso y emprendedor, serio y abierto al mismo tiempo; he sido en él el último de seis hermanos. Mi pueblo y mi familia son mis primeras señas de identidad. Este doble origen lo llevo dentro de mí; siento que me marca fuertemente. Y aunque he vivido la mayor parte de mi vida lejos de La Marina y de Patxi-Luke (el barrio y la casa en que me crié), nunca los he olvidado. Pero como todo el mundo, me he ido haciendo a lo largo de un trayecto que todavía no ha acabado. Cursé la enseñanza secundaria en el colegio de Lecároz, siguiendo los pasos de mis hermanos, y a continuación entré en la orden capuchina, en la que he recorrido un largo camino, del que hablaré después. Pero he de decir desde el principio que soy de esas personas que mira poco el pasado y tiene la vista fija en el futuro; esta actitud (creo que innata) me ha permitido no rendirme ni perder la esperanza.

Una pregunta obligada en este medio: ¿Por qué te has hecho capuchino? 
Sin duda que me han influido referentes muy cercanos: un tío abuelo, un tío directo, un hermano… han sido capuchinos, y, como acabo de decir, he estudiado en el colegio de Lecároz, dirigido por capuchinos. Pero el auténtico motivo ha sido de orden personal; más aún, nadie me ha empujado nunca a entrar en una orden o en un seminario. Desde muy niño he notado un impulso interno de carácter religioso; este impulso ha hecho que sintiera cierta atracción por la vida religiosa. En el discernimiento de mi vocación he contado con la ayuda de personas cercanas; no puedo menos de nombrar a Ildefonso Urquijo, un conocido profesor del colegio de Lecároz, al que recuerdo con verdadero agradecimiento.

¿Cuál ha sido tu recorrido en la Orden?
Dejando aparte los años de formación en Zaragoza, Sangüesa y Pamplona, puedo dividir mi itinerario capuchino, a grandes rasgos, en dos etapas. 

La primera en España, en donde he sido maestro de novicios y posteriormente colaborador en una parroquia del país vasco. La segunda en Latinoamérica, en El Ecuador y en México. Puedo decir que esta última etapa ha sido la más marcante, no solo por su duración (he pasado cerca de treinta años en aquellas tierras), sino sobre todo por las experiencias que he ido acumulando en ella. He de aclarar que los servicios que he prestado en un sito y otro se han basado en gran parte en mis estudios teológicos universitarios, que me permitieron especializarme en lo que suele llamarse la “dogmática”, es decir, la exposición del dogma, del mensaje central de la fe eclesial.

 



Has vivido en Latinoamérica. ¿Qué recuerdo guardas de aquella tierra?
Debo ser sincero y decir que no me fue fácil en un principio adaptarme a Latinoamérica. Primero fui a El Ecuador. Me costó acomodarme no solo al estilo de vida del país, sino también a la manera de trabajar de los hermanos en él. Pero tuve la suerte de vivir siempre en las casas de formación con jóvenes ecuatorianos, siendo en ocasiones el único extranjero de la comunidad. 

Compartía su vida y enseñaba donde ellos estudiaban. Y me fui sintiendo identificado con sus costumbres, con su música, con su humor… Y llegué a quererlos de verdad, y así a sentirme en mi propia casa. A los quince años pasé a México no sin pena de dejar El Ecuador, tanto que pensé regresar… 

Pero me ocurrió lo mismo: la convivencia con los jóvenes formandos mexicanos, en la casa y en el centro de estudios, hizo que los conociera de cerca y que sintonizara con sus formas de ser y de actuar; y me volvió a ocurrir lo mismo: llegué a apreciarlos profundamente, los sentí verdaderos hermanos. Y refiriéndome ahora a los países latinoamericanos, he constatado que cada uno es diferente, y que dentro de todos ellos hay diversidades notables: en los Andes un serrano y un costeño se parecen tanto como un vasco y un andaluz; y entre un mexicano del norte y otro del sur se da la misma distancia que entre un catalán y un extremeño. 

Debo mucho a mis hermanos latinos y a sus países, mucho más de lo que ellos podrían deberme a mí. No los olvido nunca, los llevo siempre conmigo.

Has sido profesor de teología. ¿Qué puede aportar la teología a la sociedad actual?
A la Iglesia y a la sociedad, a la Iglesia en la sociedad. La teología puede y debe ayudarle a evitar dos extremos en los que fácilmente se puede caer y de hecho se cae: el fundamentalismo y indiferentismo. El primero se agarra a visiones estereotipadas de la fe, carentes de base, y muchas veces agresivas y odiosas. El segundo lleva a la carencia de identidad, a la pérdida de conciencia, y acaba por volverse enteramente intrascendente. La teología puede y debe avivar la experiencia de la fe verdadera y alentar a un compromiso coherente, recio y dialogante al mismo tiempo, dentro y fuera de la comunidad creyente. Una Iglesia sin teología se vuelve una Iglesia temible, y ¿una sociedad sin Iglesia no tiene el peligro de tornarse una sociedad igualmente temible? La historia de la teología prueba sobradamente su importancia decisiva para la Iglesia y para la sociedad.

 



¿Te calificarías como teólogo?
Una vez un estudiante mexicano, en una entrevista familiar, me preguntó: ¿te sientes teólogo? Le respondí que teólogo es un calificativo demasiado grande, que no me atrevería a dármelo. Pero le aclaré que sí puedo decir que soy un enamorado de la teología. 

Ya desde joven, al empezar mis estudios teológicos en nuestra casa de Extramuros, en Pamplona, me sentí atraído por ella. Recuerdo que en algunas clases poco animadas o vivas, yo me entretenía elaborando pequeños esquemas para el desarrollo de distintos temas teológicos. Era el inicio de una pasión que no ha hecho sino crecer con el tiempo.

Ahora vives en El Pardo. ¿A qué te dedicas?
Tras doce años de estancia en México, pensé que había llegado la hora de iniciar otra etapa de mi vida, y expuse a mis superiores la idea de volver a España. 
Les pareció bien. Al llegar, en mi primera entrevista con el provincial, me dijo: “¿A dónde has pensado ir?”, y antes de que dijera nada, me añadió: “He pensado que podrías ir a El Pardo a colaborar en la ESEF, en la escuela de franciscanismo”. Acepté sin ninguna observación. Y aquí estoy. Colaboro en el equipo de animación que guía las actividades académicas de esta escuela, sobre todo las del curso intensivo de franciscanismo, que dura un semestre. Y reviso materiales de clase elaborados en América, pensando en algunas publicaciones teológicas. Han salido ya un par: la primera, una presentación global de la teología, y, la segunda, una historia de la teología franciscana medieval; la tercera, si termino, será una cristología; y por mi cabeza rondan otros temas más…

¿Qué dirías para terminar a los lectores de estas páginas?
Después de haberles hablado de mi vida, les añadiría una sola cosa: que siento que no ha culminado, pero que estoy convencido que culminará. No por mis logros, pues están demasiado mediatizados por mis limitaciones y mis errores, de los que soy muy consciente, sino porque llevo dentro el presentimiento de que en la hora fijada encontraré lo que nunca he dejado de buscar. Después de todo, la vida, la mía y la de cualquiera, está animada por el anhelo de un don que ha sido prometido.

 

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