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17/09/2018 Discurso improvisado del Papa Francisco al LXXXV Capítulo General de los Capuchinos.

Tengo aquí un discurso preparado, pero es demasiado formal para compartirlo con vosotros Capuchinos; será entregado al Padre General… Este es el oficial. Pero prefiero hablaros así, con el corazón. 

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El Cristianismo tiene futuro: sus cimientos son pura roca Sesión 05 del Plan de Formación Permanente -Pamplona 12/02/2018
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Misa de Apertura del Año Diocesano de la Santidad que tenía lugar el 21 de julio en la iglesia del Monasterio de la Anunciada de Villafranca del Bierzo. 

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Juan José Murcia Tudela, misionero Capuchino en Colombia

Me llamo Juan José Murcia Tudela, soy de Totana (Murcia). Ingresé en la Orden en 1941, en el convento de la Magdalena en Massamagrell que en aquellos tiempos era Seminario Seráfico. 

Hice los seis meses de postulantado, tenía 17 años y luego al convento de L’Olleria, también de la Provincia de Valencia y allí hice el noviciado entre los años 1942 y 1943, y los votos temporales. Luego el Provincial me envió a Massamagrell seguramente con la intención de enviarme a Colombia. 

El Padre Estanislao de Guadassuar, me llamó un día y me dijo en ese término tan español … “oye majo, ¿tú te irías para América?” En esos tiempos no especificaban a qué país, decían América y allá se vería. Le dije que si me mandan voy, así que me dijo que me preparara porque partiría en la semana próxima. Y rápido me preparé, aunque no había mucho que preparar porque el hábito lo tapaba todo. Me dijo que iría con el Padre Modesto de Castellón, que había estado en la guerra. Viajamos a Valencia y de allí a Barcelona hasta que llegó el permiso. Salimos el día de san José, 19 de marzo, en el “Manuel Calvo”, un buque misto de pasajeros y carga. Embarcamos seis frailes, tres sacerdotes y tres Hermanos no clérigos.

Por motivos de la revolución que hubo allá en Colombia, llegando el barco a Cuba, el capitán -que era excelente persona- nos comunicó que no podríamos entrar a Colombia porque habían matado a un líder político llamado Jorge Eliécer Gaitán. Era el 9 de abril de 1948. Estuvimos unos seis días en la Habana y luego fuimos a la embajada de Colombia donde nos dijeron que ya podíamos viajar, entonces el trayecto de Cuba a Colombia, lo hicimos en avión con destino a la ciudad de Barranquilla. Recuerdo que en pleno vuelo comenzó a salir humo de los motores. Pregunté al Padre que si sabía lo que pasaba y me dijo que eso no era nada, que eran reflejos del sol y que no pasaba nada.

Ya en Barranquilla, fueron los padres a recogernos de civil, porque había esa revolución y llegamos al convento. El Padre Alfredo de Totana, paisano mío, nos aconsejó que nos quitáramos el hábito y que estuviéramos listos porque de un momento a otro podría tocarnos salir corriendo. Yo tenía una barba bien larga, me llegaba hasta la cintura. Me quité la barba y me quité el hábito -yo nunca me había quitado el hábito-. Recuerdo que me tocó un pantalón caqui, una camisa y zapatos que me hacían ver muy elegante. Estaba acostumbrado a las sandalias así que con esos zapatos tan cómodos imagínense. 

Fui destinado a la Sierra Nevada, a la misión de Santa Marta, arriba con indígenas en concreto con los arhuacos. En ese tiempo todo se hacía en mula, me tocó subir unas 8 horas desde Valledupar. Allí llegué acompañado del Padre Luis de Mazarrón. Me quedé en el patio, había unas mulas y me destinaron para que fuera el instructor de agricultura, había una huerta dentro de los sitios de indígenas que habían organizado los primeros misioneros en 1924: los Padres Gaspar de Orihuela, José Chueca y Luis de Mazarrón. 

Enseñábamos a los niños la huerta, y como el clima era frío en las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, teníamos una huerta muy buena al más puro estilo valenciano. 

Estuve varios años. Cultivábamos papa, habas, guisantes y maíz, a mi me tocaba organizar. Yo no tenía estudios para estar dando clases pero el director me encargó que estuviera con los muchachos en la huerta. En mi pueblo natal, Totana, había aprendido mucho de mi padre y hermanos porque teníamos una huerta familiar, así que creo que me echaron el ojo y me encargaron todas esas tareas. Entre otro fraile más técnico y yo arrancamos. Yo organizaba a los muchachos, eran unos 65. 

Los chicos eran muy dóciles, muy buena gente, muy queridos, aprendí algo de su lengua y nunca nosotros allí obligamos a los padres de familia ni a los papas de los indígenas para que acudieran. Todo era voluntario, acudía quien quería.

Estuve en la misión unos 3 años, luego me cambiaron a Codazzi, pueblo que recibía el nombre de un italiano: Agustín Codazzi, un cartógrafo que recorrió el país con un grupo de geógrafos y naturalistas para documentar todo el territorio hasta que falleció por un ataque de malaria.  

El obispo decidió dejar un internado allí y construir otro en la sierrita, en la parte de los motilones para favorecerles -están entre Venezuela y Colombia- sin embargo, allí no iban. Los padres no eran muy partidarios de llevarlos y con el tiempo funcionó como escuela del pueblo. 

Allí estuve 7 años, también con otra huerta. Había dos padres, uno navarro: Eugenio de Legaria y el otro Amado de Benasal, una maravilla de hombre para la huerta. Unas horas de estudio y otras de prácticas, era el año 1954. Después, como no venían casi motilones aquello se acabó y pasé a Valledupar.

El padre general mandó a 10 navarros para reforzar la parte de la misión que teníamos allí porque fallecieron varios frailes, con el tiempo fueron saliendo vocaciones. Hay un Seminario muy bien dirigido y se fundó una parroquia que se conoce como de las Tres Avemarías. La primera fraternidad la formamos: Eugenio de Vinalesa, Jesualdo de Bañeres y yo. Se hizo un convento en una parte del barrio que creció mucho en poco tiempo y yo era allí el sacristán, el que hacía as tareas de la casa, organización, cocina, atención a huéspedes.. allí no había huerta.

Después me mandaron a Bogotá y allí es donde más tiempo he estado, ya hace 49 años, en la iglesia de la Concepción, una iglesia colonial, que era un antiguo Monasterio de monjas concepcionistas.

Luego vino san Francisco, santa Bárbara, pero la primera fue la capuchina. En esa época alcancé a conocer a algunos señores del pueblo, sobre todo un italiano que tenía un almacén de objetos religiosos. Mi habitación era un cuartico de madera.

Entonces en esa época el P. Jesualdo tenía un ahijado senador, como yo tengo ahora por aquí un ahijado de confirmación, hijo de la señora …. Está estudiando en Madrid, con la influencia de este padre y otro padre secular… tenía un sobrino y un hermano senadores, lograron el reconocimiento de lo que era la parte del monasterio y no nos lo habían entregado nunca. Lograron que el gobierno reconociera que eso era parte del monasterio por tanto de la iglesia un solo conjunto todo. Fue una lotería para la comunidad pero gracias a la influencia de ese padre…

Usted, ¿qué es lo que recuerda con más cariño de Colombia?
Recuerdo mi estadía en los aruacos de sierra nevada, fue un tiempo muy agradable, mi ilusión cuando a uno lo mandan a la misión si uno se adapta y tiene salud eso es lo que más ilusión en la vida.

¿Qué aprendió en esa misión?
La unidad y cómo se defienden unos a otros.

¿Qué es lo que hizo con más fuerza allí?
Trabajar que es lo que estuve haciendo, lo que más feliz me ha hecho.

A usted, ¿que le movió para meterse en los capucchinos?
En Totana hay capuchinos y en los tiempos de la guerra civil me hice muy amigo de Melchor y Bernabé los tres muy amigos. Yo estaba en una panadería trabajando y Bernabé era el que llevaba la comida a unos capuchinos fuera del convento en una casa particular. Cuando terminó la guerra nos hicimos acólitos de los capuchinos. Nos aceptaron en la comunidad, ellos se fueron a seguir estudios y yo seguí de hermano no clérigo. Me gustó la vida religiosa y hablé con el Provincial e ingresé.

¿Qué recuerdo tiene que le haya hecho sufrir en su misión?
Un detalle que me pasó estando en los aruacos es que el padre que estaba allí conmigo tuvo que salir hasta Río Hacha para recibir una pensión que nos daba el gobierno, viajó en mula, me quedé solo en la misión y algunos muchachos, hubo uno que rompió una reja de la ventana que era de madera y se salió y se fue y yo al otro día me volví loco porque estaba solo y no sabía que hacer. Hablé con el indígena que hacía de jefe en el pueblo, se llamaba Jorge, era un señor guajiro, no era aruaco, pero estaba de jefe… tuve un día muy amargo hasta que se fue con unos del grupo que tenía el gobierno indígena y se fueron a buscar al muchacho y lo regresaron a la misión. 

Y, ¿un momento feliz?
En general cuando me pasaron de Río Hacha a Valle Dupar, estuve muy feliz en la parroquia.
Así toda mi vida ha sido feliz, no tengo cosa especial, cuando llegaba algún fraile que había estado en España o se encontraba con algún compañero.

¿Una anécdota?
Allí tuvimos un percance porque al superior de Valle Dupar, un acólito le pidió el carro para irse a bañar al río, tuvieron un accidente y murieron dos. Coas tristes que ocurren.

¿Algún conflicto, revueltas que recuerde?
Me tocó en Bogotá cuando la quema del palacio de justicia, estábamos cerquita de la plaza Bolivar y fue muy desagradable porque ese jueves estábamos en misa de 11 y a las 11,30 se tomaron dos camiones cubiertos con toldas y llegaron al palacio, junto a nosotros, bajaron de los camiones entraron por la parte de los carros y lo primero que hicieron fue matar al celador, se introdujeron e invadieron el palacio, el M19.

Mataron mucha gente, todavía están en el pleito de saber…. Entre la gente que estaba allí dentro había un doctor católico muy amigo nuestro y era abogado. Había sido religioso de una comunidad y se salió, pero le quedó la formación y cuando tomaron el palacio la gente de la misa comenzó a chillar, el ejército tomó todo y mandaron cerrar la puerta de la iglesia. La gente se asustó y gracias a Dios teníamos una puerta por otro lado saliente, hacía mucho calor… esa noche, llegaron tanques y subieron hasta la plaza, dispararon y murieron muchos pero resulta que un general que dirigía el ejército y uno de los que estaban dentro, entre ellos el abogado amigo nuestro, a los guerrilleros les dijeron porque nosotros no queremos enfrentamientos y pidieron a alguno que saliera y hablara con el general del ejército y él dijo yo me ofrezco y le dejaron a él salir con un pañuelo blanco en la mano, dijo que iba en asunto de paz, que los jefes guerrilleros no querían muertos, y le dijeron a él que de allí no iba a quedar nadie en pie…

Al otro día llamé a su casa y me dijo la empleada que estaba descansando y al otro día vino él con un hijo a la iglesia y el sábado cuando salió de su casa con el hijo para recoger el carro del sótano y lo vi en la iglesia fue un momento agradable, era milagro que siguiera vivo, y tomó un café con nosotros… y nos contó todo…

¿Qué opina sobre le proceso de paz en Colombia?
No me gusta meterme pero creo que va a dar buen resultado, creo que ha sido un paso muy acertado, pero se nota más tranquilidad y optimismo en la gente. 

Gracías Juan José

Antequera Su principal actividad es el culto.
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En la película "Francesco" de Michele Soavi hay una escena simpática que se repite varias veces: Francisco y Clara, de niños, juegan en un prado de Asís. Y, de repente, el niño Francisco se pone boca abajo y le dice a la niña su gran descubrimiento: “Es el cielo el que aguanta la tierra”.

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El cocotero y el fuego...

Junto a la desembocadura del río Eworo había un esbelto cocotero. Su tallo se había  elevado sobre  arbustos y árboles de su entorno. Cada período de tiempo el cocotero se iba desprendiendo de sus ramas secas, de sus cocos maduros llenos de apreciado líquido y sabrosa pulpa. A intervalos de tiempo también el cocotero dejaba caer la rama seca que había  sostenido el racimo de cocos.

 Pues bien, cerca de este monumento vegetal, en tierra firme, junto al río, una de las mujeres, de las que abundan en Guinea, había montado su cabaña con los necesarios departamentos para vivir ella y la posible numerosa prole que le asignarían en cuanto tuviera hecha su cabaña.

Era la  Señora  Ayeto, sola y solicita, para alimentar la numerosa prole que pronto se juntó a su lado. En un viaje a la ciudad la Señora Ayeto  vio en una carpintería metálica una exposición de trébedes para la venta
--¿Qué es esto? –preguntó
--Mire, Señora, esto es un utensilio  para poner el fuego debajo y la olla encima, así no se cae la olla y la comida se cuece  muy bien.

La Señora Ayeto no lo pensó dos veces:
--Sí,sí, quiero unos. ¿Cuánto valen?
Rebuscó entre sus ropas el dinero, pagó y se trajo los trébedes a su casita. Unas veces hacía el fuego en medio de la cocina, otras veces, en la calle al aire libre. Cuando los trébedes quedaban abandonados en la calle llamaban la atención del esbelto cocotero.

--Oh, desde mi altura veo muchas cosas. Veo esas casitas pintadas que corren por la carretera, veo pasar el agua del río constantemente hacia el mar, veo las serpientes boas tan largas como alto es mi tallo que atraviesan el río de orilla a orilla, veo volar las bandadas de vampiros que a veces cubren el sol; pero un bicho como tú no  sé lo que es. Te veo ahí tirado, abandonado, te veo con una llamita debajo y con una olla encima que en un momento devoran esa cuadrilla de niños que alimenta la mamá Ayeto.

A veces me molestas con el humo que sube desde ti y espanta las aves que vienen  a posarse en mis ramas. Dilo de una vez:
--¿Qué eres tú?
--Yo soy un utensilio de servicio, ayudo a la mujer en la preparación de los alimentos: la yuca, la bambucha, los cacahuetes, las bananas. Yo colaboro con el fuego. El fuego y yo somos un apoyo  para el trabajo de la Señora Ayeto.

--Colaboras con el fuego; el fuego en la selva no pinta, siempre es mínimo, una llamita. Veo a las mujeres cargados con palos  para mantener el fuego que hay que ponerlo en medio de la cocina como a un señorito. Si el fuego está en la calle apenas llueve se apaga, si no tiene leña seca se apaga. El fuego en la selva no pinta,¿sabes? Me río de ese fuego. El fuego verdadero está arriba, es el sol, son las estrellas, los rayos terribles de las tormentas, rápidos como el pensamiento. ¡Ese fuego que tu cobijas! ¡Va!

Pasó el tiempo, llegó el período de seca y la Señora Ayeto determinó poner siempre los trébedes junto al tronco del cocotero Al lado, pegadito a la base para resguardarse del aire y cambiando de lugar según la dirección de la brisa. Al principio el cocotero apenas se enteró de aquella peligrosa compañía, pero pronto en su base empezó a sentir un cosquilleo. Primero fue un poquito superficial, después más y más adentro.

De todas las maneras sus ramas seguían ondulando en el espacio.
Los racimos de cocos seguían adornando su hermosa cabellera. Los cuervos, gavilanes y tórtolas  venían a posarse en sus ramas. Las golondrinas describían en su derredor constantes arabescos.

La Señora Ayeto junto a la base del esbelto cocotero seguía cocinando para su numerosa prole. El cosquilleo de la base del cocotero iba siendo cada vez más intenso y más profundo. Las células de la base se habían ido tostando progresivamente. La savia para alimentar aquel esbelto tallo y aquella copa  receptiva de todos los vientos ya no era suficiente.
La mayor parte de la base del cocotero había sido tostada por el fuego intermitente y considerado sin importancia. La consistencia de la base se había reducido mucho. En la copa las hojas verdes acusaban un color más pálido. Hasta que un día aquel gigante de la naturaleza vegetal se sintió desfallecer por su base.

No fue la tierra firme quien  falló, no fueron sus infinitas raíces las que fallaron, fue su enlace entre la tierra y el espacio. Y el cocotero alto, el cocotero esbelto, aquella atalaya del río, del mar y de la selva cayó tendido  cuan largo era sobre los arbustos, sobre la chabola y sobre la tierra firme que acogió el tallo que durante muchos años había sustentado.
El cocotero esbelto había luchado con todos los elementos: la posible inconsistencia de la tierra, los vendavales en forma de tornado, las tempestades intensas y racheadas. Con todos había podido; pero el elemento fuego, lento, constante, operativo había podido con él. Diciembre  2010.          

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