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28/05/2018 Buscando la isla del tesoro

Cuatro relatos de migrantes subsaharianos.
SERCADE (Servicio Capuchino para el Desarrollo), Capuchinos Editorial, Madrid, 2018

SERCADE, Capuchinos,

He aquí un libro escrito “con toda el alma”: con las de quienes se han encargado de recoger y transcribir los testimonios que lo configuran (Xabier Parra Berrade y Miguel Angel Cabodevilla Iribarren) y, sobre todo, con las de cuatro migrantes de Guinea Conakry, Mali, Camerún y Nigeria, a quienes se mantiene en el anonimato y cuyo dramático éxodo se narra: “Como llegar a España o morir”; “Vine para jugar al rugby”; “Pienso regresar a Mali” y “Me trajo el sufrimiento”. A las de ellos hay que sumar la del pintor Antonio Oteiza.

En este singular y emotivo libro se exponen las diferentes situaciones -casi siempre calamitosas- por las que han pasado tres varones y una mujer subsaharianos hasta llegar a nuestras tierras o, lo que es lo mismo, a su Isla del Tesoro, a la tierra prometida o a Eldorado. Quedan en la memoria las desventuras de tantísimas personas que, a fecha de hoy, siguen hacinadas en el norte de África, esperando su oportunidad para poder pasar el Mediterráneo. Sin olvidar a los cientos de miles de personas que han sido engullidas por las arenas del desierto o que han encontrado en las aguas del llamado “Mar Nuestro” su última y definitiva morada. 

El lector cuenta con tres apoyaturas: las notas a pie de página (imprescindibles para no perderse nada de lo que se está narrando); unas pocas páginas finales en las que expone qué es y a qué se dedica SERCADE y un excelente prólogo (“De la ‘bambará’ a la identidad trasnacional”) firmado por Xabier Parra Berrade, director de esta institución, de matriz capuchina, que se dedica a ayudar a los migrantes. 

Hay varios puntos que llaman la atención de este prólogo. Se agradece, en primer lugar, el clarificar que la “bambará” es una metáfora africana de la madre; una figura central en los cuatro relatos: los migrantes, roto el cordón umbilical que les vincula con ella, se ven obligados a construir una nueva identidad al amparo de las propias experiencias en las que se ven inmersos. Pero, sobre todo, son de agradecer algunas consideraciones que brotan a la sombra de lo testimoniado. Así, por ejemplo, el toque de atención sobre un hecho incontrovertible que los europeos no tenemos debidamente presente: África es un inmenso continente habitado por más de 1.000 millones de personas y con más de 2.000 lenguas. Por tanto, nada de simplificaciones. O el recordatorio sobre nuestro pasado africano -sangriento y miserable- de esclavistas o sobre nuestra, todavía reciente, historia colonial, así como sobre la herencia -casi siempre aciaga- que hemos dejado. Sin descuidar, por supuesto, nuestra omnipresencia actual a la sombra de sus recursos naturales y de nuestros intereses económicos. 

Son particularmente interpelantes los párrafos en los que X. Parra desenmascara la diferenciación que establecemos entre migrantes económicos y refugiados. A estos últimos se les acoge, no así a los que, queriendo progresar económicamente, se ponen en peligro ellos mismos y hacen que chirríe la sociedad de acogida. Europa, se recuerda, queriendo aparentar que abre sus puertas a quienes huyen de la barbarie de la guerra, ha acabado creando pobres de primera y de segunda. El resultado es que ya no queda misericordia con África a pesar de que una buena parte de quienes migran son menores de edad, criados en la calle, sumidos en una exclusión social severa y con prevalencia de enfermedades tales como la hepatitis o el VIH. Lo común a estos jóvenes es que migran convencidos de que en su país no tienen futuro. Y también porque Occidente ha colonizado sus mentes (como las de todo el sur global) con una idea muy particular de desarrollo. 

Nosotros, los europeos, hijos, nietos o familiares de migrantes, estamos inmersos, apunta el director de SERCADE, en un proceso de clarificación que gira en torno a estas cuestiones: ¿qué buscamos cuando nos declaramos partidarios de la “acogida”? ¿Acogemos para integrar o para espantar? Y si fuera para integrar, ¿cómo lo hacemos? ¿buscando acomodarlos a nuestra cosmovisión o propiciando el nacimiento de una identidad transnacional? Entre acogida, preguntas y balbuceos se va haciendo camino. Y, mientras se hace, es posible que no esté de más mirar, de vez en cuando hacia nuestro pasado más reciente o más remoto tratando de discernir qué ayudas hallamos en él cuando intentamos encontrar respuestas fundadas y, a la vez, con entrañas de misericordia. Y si nuestro pasado no  arrojara luz alguna, es muy posible que la lectura de este libro y de los testimonios aportados por estos cuatro jóvenes africanos acabe haciéndolo.

Jesús Martínez Gordo

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